Señoras y señores, señoritas y caballeros, damas y damos... ante ustedes mi debut en la noble profesión del periodismo. La inigualable y anunciada crónica de la fiesta de aniversario de la Luna Azul.
Siete folios, como siete soles; que contienen lo mejor de entre todas las entrevistas que realicé aquel día:
Al abrir la puerta me recibe un murmullo apagado, mezcla de música, conversaciones, risas y un grito. Cuando alcanzo la segunda puerta (la de verdad) alguien se me adelanta desde dentro y la abre para mi.
Ahora todo está más claro: la risa es del Barbas que ha llegado un poquito antes que yo, todos conversan entre sí y la música es de Aretha Franklyn, así que parece que Arturo está contento. A fin de cuentas este bar, su criaturita, cumple hoy tres años.
Ya nadie grita y Celia sigue tras la barra, como la última vez que la vi; como siempre. Pero esta vez, tiene dos nuevos compañeros y ha traído una blusa provista (carente en realidad) de un escote subliminal. En lugar de mostrar el pecho, el escote nos permite ver su espalda casi por completo.
Apostada en la barra, Celia nos observa a todos a la vez, y nos desafía: “Sé lo que estáis pensando chicos... ¡Tendréis que pedir una copa!” La barra del Luna Azul está hoy atareadísima, la espalda de Celia es preciosa.
Yo, que en los últimos cinco minutos he comprado mi primer Ballantines, me siento un poco aturdido en medio de tanto jaleo. Hace sólo unas horas que regresé de Nueva York y aún no sé muy bien qué hago aquí.
Así que, agarro el pase de prensa que me acaba de proporcionar Judith, dejo entre paréntesis a mis amigos y, como si fuese un periodista de verdad, empiezo a preguntar a la gente lo que yo no se responder.
¿Qué hacéis aquí chicos? ¿Por qué este sitio y no otro cualquiera? ¿Os ha pasado algo en este local que merezca la pena contarse? ¿Qué os gustaría que pasase? ¿Sabéis dónde está Djibouti?
Me acerco primero a Chuso y Pulgui, dos tipos curiosos, de los que vienen de Lunes a Domingo.
Chuso no quiere soltar prenda, dice que no tiene grandes anécdotas que contar sobre este bar. Quiere hacerme creer que viene aquí porque es el único lugar en que no le ocurren cosas extrañas. Un sitio en el que se siente a gusto, como en casa.
Es verdad, Chuso, se te ve feliz; pero estoy seguro de que un antiguo comunista Zorocotroco como tú guarda algún secreto.
Con Pulgui, el balance es más extraño. Le gusta el bar, le agrada el ambiente. Pero confiesa que la presencia de Celia le hace sentir como un ser inferior. Algo parecido a un liquen, peor aún, la piedra sobre la que se asienta el liquen.
Alaban la música, pero echan en falta más canciones de Queen.
Justo antes de irme, Chuso, me informa de que hay un mago en el local, así que salgo en su búsqueda. Pero es difícil encontrar a un mago. Tienen costumbre de hacer desaparecer las cosas, y este parece haberse hecho desaparecer a si mismo.
Mientras le busco, me topo con Lorena y “Sí” Al principio me choca un poco el nombre del chico, pero todo se resuelve en seguida, con un par de preguntas:
¿Sí? ¿Eres un Sí afirmativo, o un Si condicional? Es que luego tendré que escribirlo.
Afirmativo, por supuesto.
Lorena y Sí están de pasada, es su primera vez en el Luna Azul así que no tienen aventuras que contarme. Conocen el local gracias al hermano de Lorena que, por lo visto, tiene un grupo indie y está tratando de grabar un disco.
A Lorena le gustaría que un día cualquiera aterrizase un OVNI en el bar, porque la semana pasada fue abducida por uno y le dejaron conducir. Según cuenta, fue una experiencia agradable y le gustaría repetir.
Reconozco que el asunto de los OVNI´s es demasiado para mi, así que me despido y reemprendo la búsqueda del mago.
Por el camino, Alex se me acerca y me anuncia una mala noticia: ya no ocupo la primera posición en la máquina del trivial. El muy cabrón ha estado jugando por su cuenta mientras yo me entretenía en otro continente; y ahora quiere acompañarme, de nuevo, a la primera posición.
La máquina del trivial no es un buen lugar para encontrar a un mago que se ha hecho desaparecer a sí mismo, sigue escondido.
En su lugar, encontramos a la Bruja, que lleva un par de días excepcionálmente alegre y disponible y hoy hasta quiere jugar al trivial. Aprovecho, y mezclo mis preguntas con las de la máquina.
Para Alex, la Luna Azul ha sido una buena manera de reencontrarse con sus amigos de siempre, de aprender a jugar a los dardos y conocer a Chuso. Alex, siempre había mirado a Chuso con curiosidad cuando ambos frecuentaban el Caver.
La bruja, por su parte, atiende silenciosa al discurrir de nuestra partida de trivial. Ella podría contestar todas las preguntas que nos formula la máquina, claro está. Pero no es de esa clase de gente que se siente obligada a abrumar a los demás con su sapiencia, así que nos cede el honor de apuntar las respuestas en la pantalla.
A lo que no renuncia, es a decir “Yo también la sabía” cada vez que Alex y yo acertamos.
A mis preguntas, sin embargo, sí que responde.
Recuerda con orgullo algunos momentos que ha vivido en este bar: el día que “limpió” una improvisada mesa de póker sobre la barra, o cuando ganó (por tres vacas a cero) una partida contra Alex y el Barbas.
Tanta habilidad con las cartas, confiesa, había de tener un precio. Sólo es capaz de ganar cuando se trata de partidas amistosas, sin dinero ni apuestas de por medio.
También recuerda, esta vez con una sonrisa, el día que descubrió una nueva categoría sexual: los autosexuales, esa gente que se mira en un espejo y dice “Pero qué bueno estoy, joder”
Por fin, la máquina nos hace su última pregunta:
¿Cuál de estas tres capitales de provincia españolas realmente existe?
Rápidamente, sin haber considerado siquiera el resto de opciones, nuestros dedos se reunen sobre la casilla de Teruel. Y Dadal sustituye a Ras en la primera posición de la tabla de puntuaciones. Todo vuelve a ser, como debe ser.
Todo excepto el mago, que sigue sin aparecer. No está en las mesas, ni en la entrada, ni el el baño... ni en ninguna parte.
Me rindo por el momento, y regreso a la barra a cambiarle el limón a mi Ballantines, que se había consumido con tanta cháchara.
Allí me encuentro, cara a cara, con Vir.
Es la primera vez que nos vemos, pero no me cuesta reconocerla, porque hay varios clientes habituales del bar que predican alabanzas sobre partes aisladas de su cuerpo. Así que, es como encontrar resuelto el puzzle que dejé a medias la noche anterior.
Vir me cuenta que le une una bonita amistad con Celia y Arturo, a los que conoció en un concierto valenciano.
Alternando palabras en catalán y castellano, me expone una larga serie de cambios de ciudad que terminan en Madrid. Al final, aquella pareja a la que llevó a su casa tras el concierto ha acabado por convertirse en su pareja de camareros preferida. Y la Luna Azul, el sitio en el que encontrar a sus amigos.
Cuando le pregunto: ¿Qué te gustaría que pasara en la Luna Azul?
Responde con rapidez:
Me gustaría convertirme en un teleñeco. ¡En Gonzo! ¡Ah! Y también que alguien me haga un strip-tease. ¡Quiero un tío bailando en pelotas sobre la barra!
Quizá podría haberme hecho cargo del strip-tease, pero de forma poco sorprendente, Vir consigue un candidato antes de que me de tiempo a responder.
Hago mutis y continuo la búsqueda del mago que permanece oculto. Debe ser el mago de las sombras. Quizá sea realmente bueno y pueda convertirla en teleñeco. ¡Quién sabe!
Por el camino me encuentro con David, un tío bastante simpático que no responde a mis preguntas pero a cambio me confiesa haber leído mi artículo sobre las pirámides. Aún más, parece que le gustó. También me sale al paso More, cuya aventura más interesante en la Luna Azul consistió en demostrar su amor con Sergio, el tipo de rastas que acaba de empezar a trabajar en la barra.
Al principio, yo y mi pase de prensa, nos emocionamos bastante pues la historia apunta a un affaire homosexual, de esos que quedan tan bien en las revistas. Pero insistiendo un poco queda claro que la cosa consistió (sólo) en unas amistosos besos y achuchones. Ni penetraciones ni nada de nada. Un bluff.
Un poco más allá encuentro a Roque, que empieza hablando sobre lo buenos que están los mojitos de Celia, y en seguida da rienda suelta a los temas que realmente le importan, y que por su forma de sacarlos a relucir imagino que ocuparan una gran parte de sus conversaciones.
“¡Viva el código libre! ¡Viva la web 2.0. !” - Responde Roque a mis preguntas sobre su experiencia en la Luna Azul.
Huyo tan rápido como puedo, y tras varios minutos caminando a la deriva, embarranco frente a Moreno y Nacho, que me acogen con una buena historia.
Según cuentan, Moreno agarró a Nacho de la camisa nada más salir del bar. Y no sólo le agarró si no que la sostuvo en el aire y le llevó a pasear en dirección a uno de los bolardos que hay a la entrada.
Para Nacho fue una de esas raras ocasiones en la vida en las que uno piensa: “¡Vaya! Floto hacia un bolardo. Sí, sí, parece que voy de cabeza hacia él” y unos segundos después “Pues sí, efectivamente, me acabo de dar la madre de todas las hostias contra el bolardo”
Al impacto le sucedió la confusión, Moreno trataba de adivinar si se había roto algún hueso, al tiempo que se asomaba sobre el cuerpo de Nacho para preguntarle si se encontraba bien. La situación de Nacho era mucho peor “¿Por qué mi amigo sangra sobre mi cara?”
Una historia curiosa, que recuerdan entre risas. Y una buena razón para que no hubiesen vuelto a venir ni por aproximación.
Cuando les pregunta si tienen costumbre de volver a los sitios en que acaban sangrando, me vacilan a gusto. Según cuentan, tienen un buen enchufe con los dueños del local.
Dicho así, parece que conociesen al director de la CIA que, por alguna extraña razón, desarrolla una operación encubierta entre los discos de Arturo. Pero la realidad, es (como casi siempre) mucho más normal: Nacho es el hermano de Celia.
Nos despedimos entre peticiones musicales por parte de ambos: quieren más rock progresivo de los años 70, y no cualquier rock progresivo, no. Las canciones que demandan han de durar, como mínimo, 70 minutos. Y la Pantoja. También les gusta la Pantoja.
Antes de que me haya ido definitivamente, Nacho, aprovecha para hurgar un poco en la herida:
- ¡Eh tío! Has visto al mago ¿verdad? ¡Tienes que verlo tío! ¡Es buenísimo!
¡No lo sabes tú bien Nacho! Ahora mismo podría asegurar que su interpretación del truco del hombre invisible es la mejor que he visto (que no he visto, en realidad) en toda mi vida.
Y la cosa mejora, porque diez minutos después, tras haber observado en todas partes (baños incluidos) sigo sin encontrarle.
Es hora de tomar otro cubata, esta vez me lo sirven rápido. Casi ni me hace falta pedirlo, porque siempre bebo lo mismo y Celia ya me tiene calado. En cuanto llega a mis manos, el alboroto y la multitud que se arremolina junto a la barra me escupe hacia fuera, hacia la máquina de dardos.
Pegado a la máquina encuentro a David, pero no el David anterior si no el primitivo, el original. El que trabajó durante un tiempo en este mismo bar y al que ahora echamos en falta.
A David no le pregunto nada, ya me lo cuenta el sólo. Dice que después de la Luna Azul consiguió trabajo como cartero. Pero lo consiguió como debe ser: templando y mandando. Cuenta que en correos andan escasos de repartidores motorizados, así que simplemente llamó a la oficina y les dijo dónde y cuándo quería trabajar. ¿Qué podían hacer si no aceptar?
Por lo demás, me dice que ahora está dedicado a sus asuntos. Asuntos, que a juzgar por el resto de nuestra conversación, consisten en jugar a videojuegos en red, con compañeros de aventuras casi tan exóticos como los títulos de los juegos. Uno de ellos es matemático y, por lo visto, es un tío brillante que va cambiando de residencia al amparo de su beca de doctorado.
Por supuesto, es precisamente él quien peor se defiende con los cálculos de probabilidades que exige el juego para comprobar si tu personaje puede sobrevivir, o no, al próximo encontronazo con un engendro prácticamente (pero no del todo) humano.
- Era de esperar, David -le digo- algún día te convenceré de que los matemáticos somos todos una panda de gañanes, y solamente eso.
Sois gente muy rara – responde él.
Yo, encajo su respuesta y me despido (no sin antes comprobar, que Celia 2 sigue a su lado) para entrevistar a Patricia y Marta. Es probablemente la primera entrevista en la historia del periodismo que se desarrolla mientras los participantes juegan a los dardos.
Entre tirada y tirada, Patricia y Marta, me cuentan que les gusta este bar por su música. Aunque echan en falta a Axl Rose y a Slash. Y a Axl Rose con Slash. Y Leño, ponen mucho énfasis en lo de leño.
Mi puntuación se vuelve súbitamente horrorosa cuando me informan de que estábamos jugando al criquet. Un detalle que, quizá, hubiera estado bien conocer de antemano.
Al fin, pierdo. Y me largo de allí para enjuagar mi derrota con otro Ballantines. A estas alturas de la noche ya no soy un periodista, ni un matemático, ni nada de nada. Soy sólo un yonky que quiere Whisky, y ni siquiera comprendo a Patricia cuando me cuenta que una vez trató de jugar a “abducción” en el Luna Azul pero tuvo que dejarlo cuando una pareja de novios acaramelados se lo impidió. El comentario de Marta acerca de lo divertido que sería instalar una máquina antigravedad para poder beber flotando, ni siquiera logro escucharlo.
No, en este momento me dan igual los sistemas antigravedad, las espaldas escotadas, la ubicación del mago que sigue sin aparecer, y la madre que los parió.
Sólo quiero mi cubata. Así que salgo corriendo hacia la barra sin prestar atención a Elena, que habría estado encantada de hablarme sobre esas inexistentes manos masculinas que acarician su espalda cuando se sienta en las banquetas de la Luna Azul. Y tampoco presto atención al Barbas cuando me aborda para recordar el día que inventamos juntos la máquina infalible de solucionar problemas.
Mi úico problema en este momento tiene fácil solución, Barbas: una solución cilíndrica rellena de un líquido amarillento e inflamable y otro verdoso y burbujeante. Y no necesito máquina alguna para obtenerla.
Al llegar a la barra pido mi copa, y unos minutos después me derrumbo. Estoy agotado.
Las caras de todos aquellos a los que he entrevistado esta noche, los que saldrán en la crónica y los que no, los que me contaron historias curiosas y los que no, las chicas que he conocido y las que tenían novio... todos revolotean en mi mente. Y trato de pensar en cómo contaré tal o cual anécdota de entre las que me han contado.
Apoyado sobre la barra, con el cubata firmemente sujeto entre mis manos, mi cara confiesa mi derrota: finalmente he sido incapaz de encontrar al mago.
Entonces, se me ocurre que la Luna Azul es, al fin, un bar zen.
Un lugar en el que personas extrañas convive al lado de otras más normales. Un lugar en el que los camareros son muy diferentes entre sí. Un lugar que agrada por igual a sus clientes habituales, pero en el que, al mismo tiempo, algunos de esos clientes (que desgraciadamente no me han permitido identificarles) piensan que lo mejor que puede suceder es que la Luna Azul cierre de una vez.
Un lugar en definitiva, agradable y contradictorio. Al que le gustan sus propias contradicciones.
Un bar zen, que no lo parece. Y un lugar en el que la mejor manera de encontrar algo es dejar de buscar.
Efectivamente al darme la vuelta en la banqueta en la que estoy sentado, observo un grupo de gente que rodea una baraja de cartas francesas.
Al principio, no hay manera de distinguir entre todos ellos quién manipula las cartas. El mago ha decidido ocultarse hasta el final. Pero observando un poco mejor, encuentro a un chico alto y delgado que ha remangado su jersey más de lo habitual.
Hace cosas maravillosas.
Separa las cartas en cuatro grupos, para que cada uno encierre un as de la baraja. Y casi sin tocarlas consigue que los cuatro acaben juntitos en un extremo de la mesa. Luego alardea de su dominio de la baraja esparciéndolas en formas variadas y uniformes, pregunta a su público, pide voluntarios, y nos deja a todos con la boca abierta cuando consigue que un cochecito de juguete pasee frente a la fila de cartas que acaba de construir. Aún más, el coche sabe que debe pararse justo donde yace la carta que una voluntaria eligió segundos antes... Un gran mago, sí señor.