La Coctelera

El rincón Dadá

Cuando se despertó, Dadá, todavía seguía allí.

1 Noviembre 2007

Cuento de terror, ¿mi amor?

Me dolían los ojos, es lo que mejor recuerdo de aquella mañana. No, no es que tuviera conjuntivitis ni nada de eso. No, era por la luz, la puta luz que se colaba por las ventanas y rebotaba en todas partes.

Supongo que lo habrás sentido alguna vez. ¿Quizá en una de esas tardes de domingo en las que en lugar de atardecer amanece? El problema es que en mis últimos doce domingos no había amanecido en absoluto, ni por la mañana ni por la tarde. Aún peor, el sol también había permanecido oculto durante los últimos doce sábados, y miércoles, y jueves y... Y te estoy aburriendo, ¿verdad cariño?

Bueno, es igual. Lo importante es que a media mañana del duodécimo lunes, me sacaron del agujero y me amanecieron 84 días sobre la cara, todos a la vez. Demasiado para mis pobres ojos verdes.

Me llevaron de acá para allá por los pasillos de la cárcel, y cuando por fin me depositaron en la mesa del asistente social, mis ojos ya habían empezado a acostumbrarse. Ahora sólo me dolían cuando desviaba la vista hacia los lados.

Pero estaba bien así, no creas. Porque de esta manera quedaba obligado a mirarle a la cara al funcionario; y eso ayuda mucho cuando te están soltando un discurso cargado de buenas intenciones y palabras técnicas.

De todas formas, lo que decía era tan jodidamente aburrido que, poco a poco, empecé a pasear la vista por los alrededores.

Poquito a poco, ya sabes: primero dejé de observar su bigote y me concentré en los papeles que tenía desperdigados por la mesa. Luego el bote de los bolígrafos, después el mobiliario... Y así hasta que terminé por hacerme una idea cabal del contenido de la habitación.

Comparada con el agujero del que acababa de salir era genial. Y, además, los directores de la cárcel habían tenido el detalle de no invitar a mi abogado a la reunión.

No me entiendas mal, amor. No es que me caigan mal los abogados... He conocido a muchos a lo largo de mi vida y hay de todo... pero; pero el mío era un gilipollas de primera.

Verás, lo peor de que te empuren por un delito fiscal es que te quedas sin un puto duro. Sin un puto duro y en la cárcel, claro. Así que de la noche a la mañana tu antiguo y magnífico (aunque igualmente inútil) abogado con minuta de seis cifras que logró reducirte la condena un par de añitos, se transforma en un capullo del turno de oficio que lleva, a la vez, tu caso y el de otros diez tíos de la prisión. Un abogado que es al derecho, lo que una fosa común a un cementerio.

Y a partir de ahí, pues te puedes imaginar... líos y más líos. Y cuando se te acaban los líos legales, empiezan los follones de la cárcel, y después de eso te envían por primera vez al agujero. Y cuando sales te dices a ti mismo (y a la psicóloga) que todo va a cambiar y que...

No, espera. ¿Por dónde iba? Joder, es que te quedas ahí calladita, con la sábana encima; me dejas hablar y se me va el santo al cielo.

¡Ah sí! El pollo de los servicios sociales.

Un tipo listo, sí señor. Mientras que me soltaba el rollo se debió de dar cuenta de todo, porque me hizo la pregunta en el momento justo.

Supongo que se me notaba en la cara. A fin de cuentas, me acababan de sacar del agujero y estaba algo eufórico ¿sabes? No sé, tía... a lo mejor es que sonreí al pensar en la ausencia de mi abogado, o... ¡vete tú a saber!

Bueno, entonces... ¿Qué opina? ¿Firmará?

No le iba a decir que no le había escuchado, claro. Así que traté de rehacerme:

Mmm... No sé. Entonces, si he entendido bien... ¿Cómo decirlo...?

Y surtió efecto, porque el tío me hizo un resumen perfecto de todo el rollo que me acababa de soltar. Perfecto para los dos, porque yo escuché lo que quería oír; y él consiguió el conejillo de indias que andaba buscando.

La cosa era simple: yo accedía a participar en un rollo experimental que acababan de inventar en vete-tú-a-saber-qué-universidad-anglosajona y si funcionaba, me sacaban del talego.

El resumen incluía también un buen puñado de palabras raras, de esas que se usan para ponerle nombres a las hormonas y a los frasquitos rellenos de líquidos verdes. Me parece que también dijo algo sobre el córtex pre-frontal... en fin, chorradas.

Para mi, lo único importante eran las dos últimas palabras que completaron el resúmen: “régimen abierto” ¡régimen abierto! ¿Te das cuenta de lo que eso significaba para mi en ese momento? ¡Me acababan de sacar del módulo de aislamiento y me ofrecían la oportunidad de dar el último pasito hasta la calle!

Y firmé. ¡Claro que firmé! ¡Encantado de la vida! ¿Quiere usted que le firme algo más caballero? ¿Una hipoteca? ¿Un autógrafo? Hubiera firmado cualquier cosa tras oír aquellas dos palabras. Pensándolo bien, el tío se podía haber ahorrado el discurso, los saludos preliminares y cualquier otra cosa, hubiera bastado sólo con que dijera esas dos últimas palabras.

Dos semanas después, volvía a estar sentado delante de una mesa. Y mis ojos volvían mostrarse inquietos, mirándolo todo, fotografiándolo todo.

Esta vez era una sala más amplia, amueblada con gusto y con pasta. Con mucha pasta, porque la mayoría de las cosas que había en ella eran de esas que llaman “de diseño” Ya sabes, líneas redondeadas, aparatos con lucecitas LED de colorines, muebles de cristal y metal, algo de cuero negro por aquí y por allá...

La única nota discordante era un cartel colgado en la pared, junto a un par de diplomas enmarcados, que tenía dibujado un cerebro. Un cerebro un poco rudimentario, de eso me daba cuenta hasta yo que no sé mucho de biología. Era un dibujo antiguo, y se veía el cerebro incrustado en una cabeza con todos sus rasgos bien marcados, como si lo hubiera hecho un pintor del renacimiento con prisas... Sí, justo eso. Si tuviera que apostar diría que el autor fue Leonardo Da Vinci, que era el que hacía cosas en esa época.

Pero no era un dibujo artístico. Era más bien como si lo hubiesen dibujado con fines médicos, porque del cerebro salían flechitas y anotaciones que indicaban que tal o cuál parte servía para tal o cual cosa. Una de ellas hablaba, también, del puñetero córtex frontal o pre-frontal, no sé. Ya no me acuerdo bien.
Pero de todas maneras, me dejó un poco mosqueado. ¿Qué coño había firmado yo para que de repente me plantasen ante un cerebro antiguo?

Cuando me aburrí de mirar los sesos de la pared, empecé a fijarme en el tío que ocupaba la mesa, quién por cierto llevaba hablando un rato y también el el chico que le acompañaba y le servía de traductor. Porque el sermón de aquel día me lo estaban impartiendo en inglés.

Me habían cambiado al asistente social con bigote, por dos hombres con bata blanca. Y esto me hizo olvidar las sospechas que me había causado el cerebro: siempre me he fiado de la gente con bata blanca.

No sé... Puede que sea porque lo primero que vemos al nacer es un tío con bata blanca. Sí, sí... ya sé que todo el mundo piensa que lo primero que vio al nacer fue la cara de su madre; pero eso es una puta mentira. A lo mejor en alguna parte del áfrica medieval donde las mujeres pariesen haciendo el pino, y los bebés les caen directamente desde la vagina al regazo es verdad. Pero, que quieres que te diga, cuando yo nací había un puto médico esperando al otro lado.

¡Ves!Ya me he vuelto a ir por las ramas. ¡Si es qué no dices nada! ¡Con el jaleo que montaste hace un rato!

Bueno, el caso es que...

... continúa aquí .

servido por dada 13 comentarios compártelo

13 comentarios · Escribe aquí tu comentario

abro_parentesis

abro_parentesis dijo

Es un placer trabajar contigo!!!!!!

:D

1 Noviembre 2007 | 06:56 PM

dada

dada dijo

Lo mismo digo. Y además, voy y te lo digo.

1 Noviembre 2007 | 07:00 PM

abro_parentesis

abro_parentesis dijo

Te debo un ballantines pq me apetece :D

No te canses trabajando*

2 Noviembre 2007 | 01:17 AM

lamazmorradelandroide

lamazmorradelandroide dijo

Me encanta, pero me encanta más oírlo xD

Fuerza y honor.

2 Noviembre 2007 | 04:13 PM

Madam

Madam dijo

Muy bueno vuestro relato, Dadá.
Da gusto leer blogs como el vuestro.
Un saludo

2 Noviembre 2007 | 09:27 PM

Egoime

Egoime dijo

Mola!.., al principio se me ha hecho algo coñazo (sinceridad antetodo xD) leer un texto tan largo, pero a partir de lo del delito fiscal engancha :PP Un puntazo el final.., aunque espero no tener que ver una noticia de esa clase JAMÁS en las noticias! xD
Genial la historia :)

2 Noviembre 2007 | 09:44 PM

dada

dada dijo

Me alegro de que guste.

A pesar de que al principio se haga aburrido, Egoime, y de que le guste a usted más oírlo que leerlo, Sr Furia.

Por cierto ¿Dónde lo has oído?

2 Noviembre 2007 | 09:50 PM

abro_parentesis

abro_parentesis dijo

Jaja Dadá... es que el sr. Furia lo ha oído de mi voz :D

2 Noviembre 2007 | 10:27 PM

Egoime

Egoime dijo

Aquí, o todos o ninguno! xD Exijo grabación de voz pública! :P

3 Noviembre 2007 | 07:28 PM

abro_parentesis

abro_parentesis dijo

Si publicarla no la he publicado... es solo contrabando xD

3 Noviembre 2007 | 08:17 PM

dada

dada dijo

¡Yo la exijo también!

Es más, ¡exijo también la grabación de la historia de Egoime!

Menos mal que no me ha dado por la política, cuando me da por exigir...

4 Noviembre 2007 | 07:56 AM

abro_parentesis

abro_parentesis dijo

Cuando te pille conectado te la envio sr. presidente!

4 Noviembre 2007 | 07:03 PM

gustavo robayo

gustavo robayo dijo

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1 Noviembre 2007

Cuento de terror, ¿mi amor?
Me dolían los ojos, es lo que mejor recuerdo de aquella mañana. No, no es que tuviera conjuntivitis ni nada de eso. No, era por la luz, la puta luz que se colaba por las ventanas y rebotaba en todas partes.

Supongo que lo habrás sentido alguna vez. ¿Quizá en una de esas tardes de domingo en las que en lugar de atardecer amanece? El problema es que en mis últimos doce domingos no había amanecido en absoluto, ni por la mañana ni por la tarde. Aún peor, el sol también había permanecido oculto durante los últimos doce sábados, y miércoles, y jueves y... Y te estoy aburriendo, ¿verdad cariño?

Bueno, es igual. Lo importante es que a media mañana del duodécimo lunes, me sacaron del agujero y me amanecieron 84 días sobre la cara, todos a la vez. Demasiado para mis pobres ojos verdes.

Me llevaron de acá para allá por los pasillos de la cárcel, y cuando por fin me depositaron en la mesa del asistente social, mis ojos ya habían empezado a acostumbrarse. Ahora sólo me dolían cuando desviaba la vista hacia los lados.

Pero estaba bien así, no creas. Porque de esta manera quedaba obligado a mirarle a la cara al funcionario; y eso ayuda mucho cuando te están soltando un discurso cargado de buenas intenciones y palabras técnicas.

De todas formas, lo que decía era tan jodidamente aburrido que, poco a poco, empecé a pasear la vista por los alrededores.

Poquito a poco, ya sabes: primero dejé de observar su bigote y me concentré en los papeles que tenía desperdigados por la mesa. Luego el bote de los bolígrafos, después el mobiliario... Y así hasta que terminé por hacerme una idea cabal del contenido de la habitación.

Comparada con el agujero del que acababa de salir era genial. Y, además, los directores de la cárcel habían tenido el detalle de no invitar a mi abogado a la reunión.

No me entiendas mal, amor. No es que me caigan mal los abogados... He conocido a muchos a lo largo de mi vida y hay de todo... pero; pero el mío era un gilipollas de primera.

Verás, lo peor de que te empuren por un delito fiscal es que te quedas sin un puto duro. Sin un puto duro y en la cárcel, claro. Así que de la noche a la mañana tu antiguo y magnífico (aunque igualmente inútil) abogado con minuta de seis cifras que logró reducirte la condena un par de añitos, se transforma en un capullo del turno de oficio que lleva, a la vez, tu caso y el de otros diez tíos de la prisión. Un abogado que es al derecho, lo que una fosa común a un cementerio.

Y a partir de ahí, pues te puedes imaginar... líos y más líos. Y cuando se te acaban los líos legales, empiezan los follones de la cárcel, y después de eso te envían por primera vez al agujero. Y cuando sales te dices a ti mismo (y a la psicóloga) que todo va a cambiar y que...

No, espera. ¿Por dónde iba? Joder, es que te quedas ahí calladita, con la sábana encima; me dejas hablar y se me va el santo al cielo.

¡Ah sí! El pollo de los servicios sociales.

Un tipo listo, sí señor. Mientras que me soltaba el rollo se debió de dar cuenta de todo, porque me hizo la pregunta en el momento justo.

Supongo que se me notaba en la cara. A fin de cuentas, me acababan de sacar del agujero y estaba algo eufórico ¿sabes? No sé, tía... a lo mejor es que sonreí al pensar en la ausencia de mi abogado, o... ¡vete tú a saber!

Bueno, entonces... ¿Qué opina? ¿Firmará?

No le iba a decir que no le había escuchado, claro. Así que traté de rehacerme:

Mmm... No sé. Entonces, si he entendido bien... ¿Cómo decirlo...?

Y surtió efecto, porque el tío me hizo un resumen perfecto de todo el rollo que me acababa de soltar. Perfecto para los dos, porque yo escuché lo que quería oír; y él consiguió el conejillo de indias que andaba buscando.

La cosa era simple: yo accedía a participar en un rollo experimental que acababan de inventar en vete-tú-a-saber-qué-universidad-anglosajona y si funcionaba, me sacaban del talego.

El resumen incluía también un buen puñado de palabras raras, de esas que se usan para ponerle nombres a las hormonas y a los frasquitos rellenos de líquidos verdes. Me parece que también dijo algo sobre el córtex pre-frontal... en fin, chorradas.

Para mi, lo único importante eran las dos últimas palabras que completaron el resúmen: “régimen abierto” ¡régimen abierto! ¿Te das cuenta de lo que eso significaba para mi en ese momento? ¡Me acababan de sacar del módulo de aislamiento y me ofrecían la oportunidad de dar el último pasito hasta la calle!

Y firmé. ¡Claro que firmé! ¡Encantado de la vida! ¿Quiere usted que le firme algo más caballero? ¿Una hipoteca? ¿Un autógrafo? Hubiera firmado cualquier cosa tras oír aquellas dos palabras. Pensándolo bien, el tío se podía haber ahorrado el discurso, los saludos preliminares y cualquier otra cosa, hubiera bastado sólo con que dijera esas dos últimas palabras.

Dos semanas después, volvía a estar sentado delante de una mesa. Y mis ojos volvían mostrarse inquietos, mirándolo todo, fotografiándolo todo.

Esta vez era una sala más amplia, amueblada con gusto y con pasta. Con mucha pasta, porque la mayoría de las cosas que había en ella eran de esas que llaman “de diseño” Ya sabes, líneas redondeadas, aparatos con lucecitas LED de colorines, muebles de cristal y metal, algo de cuero negro por aquí y por allá...

La única nota discordante era un cartel colgado en la pared, junto a un par de diplomas enmarcados, que tenía dibujado un cerebro. Un cerebro un poco rudimentario, de eso me daba cuenta hasta yo que no sé mucho de biología. Era un dibujo antiguo, y se veía el cerebro incrustado en una cabeza con todos sus rasgos bien marcados, como si lo hubiera hecho un pintor del renacimiento con prisas... Sí, justo eso. Si tuviera que apostar diría que el autor fue Leonardo Da Vinci, que era el que hacía cosas en esa época.

Pero no era un dibujo artístico. Era más bien como si lo hubiesen dibujado con fines médicos, porque del cerebro salían flechitas y anotaciones que indicaban que tal o cuál parte servía para tal o cual cosa. Una de ellas hablaba, también, del puñetero córtex frontal o pre-frontal, no sé. Ya no me acuerdo bien.
Pero de todas maneras, me dejó un poco mosqueado. ¿Qué coño había firmado yo para que de repente me plantasen ante un cerebro antiguo?

Cuando me aburrí de mirar los sesos de la pared, empecé a fijarme en el tío que ocupaba la mesa, quién por cierto llevaba hablando un rato y también el el chico que le acompañaba y le servía de traductor. Porque el sermón de aquel día me lo estaban impartiendo en inglés.

Me habían cambiado al asistente social con bigote, por dos hombres con bata blanca. Y esto me hizo olvidar las sospechas que me había causado el cerebro: siempre me he fiado de la gente con bata blanca.

7 Febrero 2009 | 12:55 AM

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