Directamente desde mi Moleskine, os cuento esta pequeña aventura Neoyorkina que (prometo) será la última que publique sobre este viaje.

La escribí en el Fat Cat. El día después de los sucesos que se narran:

Ahora es fácil.
Estoy semi-arruinado en un club de jazz en Chinatown, con una banda a la izquierda que se emplea en quitar el polvo al interior del saxo y las trompetas, mientras aporrea las cuerdas del bajo y la piel de los tambores.

A mi alrededor gente guapa. Gente que juega al ajedrez, al ping-pong, al futbolín y a esa cosa tan rara que se parece a la petanca, pero que los yankis llaman de otra manera.

Ahora, como digo, es fácil.

Pero ayer, la puta puerta se cerró y no había manera de volverla a abrir.

La puerta se cerró y en lugar del habitual "¡Pum!" nosotros escuchamos un "¡Fuck!" que nos dejó fuera de juego durante unos instantes.

Nos habíamos quedado atrapados en el tejado de la casa de Lee.

Hasta entonces habíamos estado conversando y bebiendo 42´s. Una cerveza tan horrorosa que cuando la compramos Graison me dijo que América debía estar orgullosa de aquel líquido asqueroso, pues había costado mucho trabajo embotellar la orina de todos los ciudadanos de E.E.U.U.

Pero en el fondo, no estaba tan mal. La cerveza, horrorosa sí, por lo menos era barata. Y desde la azotea de la casa de Lee se podía ver Manhatan, con todos esos gigantescos edificios iluminados.

Probablemente yo (que justo ese día no tenía sitio dónde dormir) y Andrea (a la que acababan de desahuciar de su apartamento) nos hubiéramos quedado a dormir en el tejado la mar de a gusto. Pero nuestros compañeros no pensaban lo mismo. Había que salir de allí. Y había que hacerlo cuanto antes.

Con la puerta cerrada a cal y canto, sólo teníamos dos opciones: o dormíamos en el tejado, o encontrábamos alguna manera de salir del follón.

Elegimos la escalera de incendios, con la esperanza de que al bajar nos condujese a la calle.

Era una escalera de incendios como cualquier otra, como las que salen en las películas. Aunque, para ser justos, las que salen en las películas son nuevecitas, súper maravillosas y coquetas, y están limpias.

La nuestra debía llevar unos 30 años sin utilizarse. Y estaba cubierta por una espesa capa de óxido que se resquebrajaba al tocarla, y no se adhería a la piel gracias a las tupidas telarañas que mantenían su cohesión.

Pero bajamos.

Nada más terminar el descenso, recibimos otra nueva decepción: la escalera nos había dejado en un patio interior sin comunicación con la calle. Habíamos cambiado nuestro encierro del tejado, por la jaula del patio.

Aún así la noche y nuestra borrachera nos habían provisto de un espíritu incansable a prueba de adversidades. Y la cerveza todavía nos permitía una pizca de raciocinio. Así que nos organizamos en dos grupos.

Graison, Andrea y yo nos pusimos manos a la obra para tratar de forzar la cerradura de una de las puertas traseras que daban al patio. El plan era simple: forzamos la cerradura, nos colamos en la casa, buscamos la puerta principal, la abrimos y salimos a la calle como si no hubiera pasado nada.

Shine y Jay, por su parte, fueron al lado contrario del patio dónde había una tapia directamente conectada con la calle.

No era un muro demasiado alto, así que su plan, era a primera vista más sencillo y, sobre todo, mucho menos delictivo.

El problema es que el dueño de la finca había compensado la baja estatura de la pared con una generosa espiral de alambre de espino en su borde superior.

Supongo que pensó que de esa manera, los malvados visitantes nocturnos se lo pensarían dos veces antes de invadir la propiedad. Pero... ¡Y qué pasa con los malvados visitantes nocturnos que prentenden salir de la propiedad! ¿eh? ¿Qué pasa con ellos?

Así las cosas, mientras nosotros tratábamos de forzar la cerradura de una de las casas del edificio (que, por cierto, estaba habitada, porque por las ventanitas de la puerta se veía la luz encendida en el salón) pudimos disfrutar de un sonoro concierto de "Ays" "Fucks" a cargo de Shine y Jay.

Para cuando se hartaron de recibir cortes, Graison Andrea y yo ya habíamos ideado un método para abrir la puerta.

El resto fue rápido y silencioso. Cuatro tíos armados hasta los dientes con litronas y una chica bastante mona, cruzaron como alma que lleva el diablo por el pasillo que había justo detrás de la puerta, giraron a la derecha, encontraron otra puerta que, esta vez sí, decidió abrirse sin plantear resistencia, y escaparon hacia la calle.

¡Libres otra vez!

Ya en la calle, me acerqué a Jay para preguntarle cómo se encontraba después del combate contra el alambre de espino. No dijo nada. En su lugar me enseñó su brazo lleno de cortes sangrantes.

Sin embargo, parecía orgulloso y me confesó, que todo este lío no había sido tan grave. Especialmente si teníamos en cuenta que estábamos en Nueva York.

Entonces me acordé de la historia que él y Graison me habían contado de camino hacia la fiesta del tejado. Ésa en la que un mexicano les apuntaba con una pistola a la cabeza.

¡Bendita ciudad!

Como últimamente todo el mundo me pide que escriba de encargo, seguramente publicaré también la crónica de la fiesta del tercer aniversario del Luna Azul. A la que asistí con pase de prensa incluido.

Después, trataré de retomar mis temas habituales. Que tampoco es cuestión de aburriros a todas horas contándos lo fantástica y maravillosa que es mi vida ¿No?