Me fijo en Anetor, un negro alto y grande que grita enfurecido mientras sostiene su Kalashnikov apuntado hacia el suelo.

Grita con energía encaramado a un montículo desde el que se domina un secarral africano. Y lo hace en uno de esos idiomas rítmicos que suenan a magia, a tambor de piel. Es incomprensible.

Sin embargo, los negros circundantes que escuchan a Anetor mientras abarrotan las cercanías del montículo le comprenden perfectamente.

Yo, súbitamente transformado en negro circundante, no soy una excepción.

Lo que Anetor quiere es lo que cualuier orador provisto de un AK47 desearía: Anetor quiere derrocar al gobierno.

Reclama las vidas de su público para acabar con la tiranía, para que cesen las violaciones y la explotación, para reclamar sus derechos...

Lo que Anetor quiere es imponer una nueva tiranía. Su propia tiranía. Y la expresiones en las caras de su público anuncian que, probablemente, lo conseguirá.

Manolo, por su parte, espera en la conserjería del hotel. No podrá marcharse hasta que yo le releve. Y empieza a impacientarse.

Yo, sigo caminando hacia el hotel.

Pero Anetor ha empezado a aburrirme y llegan a mi nariz los primeros aromas de la selva.

Una selva daltónica que confunde las diferentes tonalidades de verde. Una selva húmeda, tan húmeda que a Solomon Weizs le cuesta respirar.

Pero le da igual: es la primera vez que lleva a cabo una investigación de campo, tras quince años encerrado en su departamento de filología de la universidad de Tel-Aviv; y acaba de encontrar lo que buscaba.

Ha sorprendido entre la maleza a K´wm, un diminuto aborigen con el pelo teñido de verde y un taparrabos naranja. Es inconfundible: K´wm es un miembro de la tribu K´l. Una etnia de indígenas que ha permanecido aislada desde principios del siglo XX; cuando Lord James Mc Borough se acercó a esas latitudes para tomar el té.

Además de tomar el té, Lord James Mc Borough, se entretuvo en cartografiar la zona y estudiar el lenguaje de los nativos. Entre ellos los K´l.

La geografía resultó ser muy normal: "Una selva: un sitio repleto de árboles" Mientras que en el estudio de los idiomas Lord Mc Borough realizó un descubrimiento singular.

¡El idioma de los K´l carecía de vocales! ¡Lord Mc Borough había descubierto el único grupo de seres humanos en todo el planeta que era incapaz de pronunciar sonidos vocálicos!

Un descubrimiento ejemplar, extraordinario, sorprendente... Tan valioso que sólo hubo que esperar 87 años hasta que Solomon Weizs decidió volver para comprobarlo.

Ahora K´wm y Solomon se miran expectantes. Y durante unos segundos ninguno de los dos se atreve a decir ni hacer nada.

Instantes más tarde K´wm, el más asustado de los dos, hecha a correr tembloroso. Está despistado, sorprendido y atemorizado ante lo que se le antoja una aparición fantasmagórica, y que en realidad es sólo Solomon.

En su huida tropieza y cae sobre una piedra. El golpe es fuerte y no puede reprimir un aullido de dolor: "¡Ay!"

Solomon se echa a reir, se desternilla, carcajea, se monda...

Justo al revés que Manolo, quién aún espera mi llegada, cada vez más enfadado. Su hija se casa mañana y debe ir a recogerla al aeropuerto; pero no puede porque yo llego tarde al trabajo.

Acelero el paso y sigo caminando. Ya falta poco.

Y empiezo a darme cuenta que posser la mente y los pensamientos de millones de personas, que poder introducirme en la mente de cuanto ser humano se me antoje; no es tan buena idea como pudiera parecer.

Pintan bastos. Y Shin Tzu espera al borde de un anden de metro en Tokio. El Shinkansen, llegará puntual.

Shin Tzu es guapa. Posee una belleza turbadora y somnolienta, completamente asiática. Pero esta deprimida, muy deprimida.

Esta misma mañana la han despedido del trabajo, y eso es duro para cualquier japonés.

Además, su padre murió hace unas semanas y ahora está sola en el mundo. Aún peor, está sola en Tokio.

Me hace sentir deprimido, solitario. De repente, comienzo a pensar que me van a despedir del trabajo al que intento llegar.

Shin Tzu piensa que el mundo es horrible. Y me obliga a identificarme con ella. Su nausea es tan pura que me provoca lágrimas.

Shin Tzu sabe que el Shinkansen llegará puntual, siempre lo hace.

Shin Tzu no tiene ganas de seguir adelante, consigue que las mías se agoten.

Shin Tzu llora, y a mi me embarga la tristeza.

Shin Tzu está a punto de saltar a la vía del tren bala, y a mi se me cruza una idea por la cabeza: "Si lo hace, si Shin Tzu se suicida... quizá yo muera a la vez"

La idea se convierte en certeza, y me invade la angustia. Pero ya he abierto la puerta del hotel.

Necesito un motivo para regresar a la realidad. Un motivo para abandonar la depresiva mente de Shin Tzu, y sumergirme de nuevo en mi realidad, en mis propias depresiones.

El tren bala entra en la estación, superando las tinieblas del túnel. Llega puntual, siempre lo hace.

Acabo de entrar en el hotel y subo las escaleras de la entrada, estoy a punto de llegar a mi puesto de trabajo. Pero mi alma se precipita junto a Shin Tzu en el filo de un anden de Tokio.

Necesito una escapatoria, una salida, una excusa, un asidero desde el cual retornar a la realidad, y desembarazarme de la suicida japonesa que ha tomado por asalto mi pensamiento.

Y entonces le oigo, una vez fuerte y enojada, que dice:

- ¡Joder ya era hora de que llegases!

Manolo acaba de salvarme la vida.