No es necesario que, como hoy, la luna sea tan extraña.

Tan irreal, que gasto varios minutos buscando, sin éxito, la luna de verdad, la de toda la vida. Al final, termino por convencerme de que el planeta no tiene hoy su habitual satélite blanco y redondo, si no un gajo de mandarina suspendido sobre el cielo negro de Madrid.

Pero, como digo, esto es innecesario, prescindible, accesorio.

Como lo son las lucecitas moradas que el ayuntamiento ha puesto en la ribera del Manzanares, para darle un aspecto aún más patético.

Tampoco tiene ninguna importancia que mientras cruzo el puente de Segovia camino del trabajo, sobre el río-puticlub y bajo la Luna-mandarina; una chica preocupantemente bajita y dos amigos suyos, de mediana estatura, caminen hacia el lugar en el que me gustaría estar: cualquiera que no sea este.

Ni siquiera la voz susurrante de Leonor Waitling tiene importancia en estos momentos.

Leonor dice que soy un tigre. Uno de esos tigres desafortunados a los que atraparon en un zoo. Un tigre que ya ni siquiera se molesta en pasear en círculos dentro de su jaula; uno de esos tigres que se sabe vigilado, que mira a los turistas que le observan, aprieta los dientes y piensa "En la jungla no habría barrotes ¡Hijos de puta!"

Lo siento Leonor, pero esta noche tú y tus tigres sois prescindibles.

Ninguna de estas cosas tienen importancia, porque lo que me va a suceder dentro de veinte pasos ya me ha ocurrido antes.

Cuando tú no cantabas, cuando la luna era blanca y redonda, cuando aún no conocía a ninguna chica preocupantemente bajita, mucho antes de que el ayuntamiento pensase siquiera en poner lucecitas en el Manzanares.

Antes incluso de que empezase a trabajar en el turno de noche.

Lo que está a punto de pasarme, me ha ocurrido ya cientos de veces.