Estaba jugando con el barco pirata de Playmobil en el salón de casa, mientras que por la ventana se colaba un sol tenue y mortecino. Yo debía tener unos cinco o seis años.

Mi madre, andaba cerca planchando la ropa y vigilándome para que no montase alguna catástrofe doméstica. Como lo de planchar nunca le ha gustado demasiado, tenía puesta la televisión para entretenerse.

Estaban dando un reportaje sobre la ruta Quetzal (¿aún se hace la ruta Quetzal?) que aquel año transcurría por América. La etapa de la que hablaban en ese momento discurría en una tupida selva verde, supongo que tropical.

Era un tema muy adecuado para un niño que trastea con el barco pirata de Playmobil, así que poco a poco empezé a incorporar a mi juego parte de lo que escuchaba en la televisión.

Que si al pirata pata de palo le ha dado una lipotimia, que si Miguel de la Cuadra Salcedo ha conseguido abordarnos para salvar a la princesa... Ya sabeis.

Mi madre, siguió planchando con un ojo en la faena, otro en la tele y otro sobre mí (por si acaso) hasta que tuvo que salir a atender una llamada telefónica inoportuna.

Así que, me quedé solo frente al televisor más o menos en el momento en que finalizaban las peripecias de los aventureros selváticos que a estas alturas ya habían captado toda mi atención, y el realizador daba paso al prólogo del siguiente programa.

En la pantalla apareció Andrés Aberasturi. Un primerísimo plano que prácticamente sólo dejaba observar su rostro.

La televisión era bastante grande, y yo bastante pequeño, así que la el rostro que tenía enfrente era prácticamente de mi mismo tamaño. Aquello se me antojó una aparición fantasmal.

En seguida el espectro que tenía delante comenzó a hablar:

"Buenas tardes queridos televidentes, en el debate de hoy trataremos de abordar una inquietante cuestión. Como adelanto, y para que lo piensen durante la publicidad, les formulo una pregunta:

¿En qué momento de su vida fue usted consciente, por primera vez, de que se iba a morir algún día? "

Cuando mi madre regresó de atender el teléfono, me miró un par de veces, y sólo se le ocurrió decir:

"¡Ay hijo! ¡De verdad que, a veces, no te entiendo! Hace un rato estabas gritando y montando jaleo con los muñecos, y ahora te encuentro encogido en el sofá, calladito calladito"