Aquí, en el corazón de la costa marrón (ya saben: Leganés Fuenlabrada y Alcorcón) llamamos "Sampe" a la parroquia de San Pedro Bautista. Aunque, me temo, que el lugar es más conocido por el grupo de camellos que trafican justo al lado de la iglesia.

El parque que la rodea, el truñódromo (en Barcelona que son más guays, a los truñódromos los llaman pipicán) los yonkis, los camellos, los niños que juegan en el parque y la cancha de baloncesto; todos juntos forman lo que los indígenas alcorconeros llamamos SamPetax.

Precisamente ahí, en la cancha de baloncesto del Sampe me encontré a Greason Gill. Un sobrino del tío Sam, que anda estos días haciendo turismo en Madriz.

Pero no vayan a creer, el jodido gringo no es un yanki al uso. Aunque es oriundo de Los Ángeles, donde estuvo un tiempo trabajando para el mismísimo Horatio Caine, actualmente estudia literatura en Nueva York.

Se maneja bastante bien con la lengua del imperio, y para sorpresa de cuántos le hemos escuchado canturrear "Mujer fatal" le molan un puñao los Burning .

Así que, extrañado por ver a un americano en un sitio tan poco turístico, le pregunté sin rodeos:

¿Qué hace un yanki como tu, en un sitio como este?

La respuesta me dejó totalmente fuera de lugar. Ojiplático ¡Yo que me creía de vuelta de todo!

Greason Gill había venido al Sampe para conocer la pista de baloncesto donde se forjó la leyenda, el lugar donde entrenaba el mítico ¡Manolito Jordan!

Manolito Jordan era el mejor jugador de basket del barrio, un tipo alto y ágil que destacaba entre la mediocridad de la cancha del Sampetax.

Pero un tipo con historia, pues según dicen llegó a jugar en las ligas universitarias de los Estados Unidos, más o menos en la época en la que Michael Jordan era el mejor jugador del mundo.

El caso es que el venerado Jordan decidió jugar un partidillo de
exhibición con los chavales del equipo en el que jugaba Manolito. Uno de esos bolos publicitarios que tanto les gustan a los americanos.

Y allí se produjo el gran suceso:

Durante un lance del partido, Jordan (el de verdad, no Manolito) pegó un salto hacia la canasta para matar la bola en el cesto, sin advertir que nuestro héroe había saltado al mismo tiempo.

El tapón que se llevó Michael fue de órdago. Cuentan que sintió que el cielo caía sobre su cabeza, en forma de español que gritaba "¡Qué te jodan puto negrooo!"

Por supuesto como buen representante de nuestro barrio, una vez le hubo colocado el tapón a Michael Jordan, Manolito aderezó la hazaña con una danza de la lluvia y frases del estilo "Los negros no la saben meter"

Después de esto, la carrera de Manolito fue un continuo desastre y nunca llegó a firmar un contrato para la NBA.

Por fin, desilusionado con su aventura americana, Manolito tuvo que volver al barrio; donde pasó varios años más jugando al baloncesto y contándole a todo el que quisiera escucharle la historia de cómo le puso una chapa a Michael Jordan.

Y sobre todo, la historia de cómo Michael Jordan se enfadó tanto que boicoteó su carrera en el baloncesto americano. Razón esta, que Manolito consideraba definitiva para justificar su fracaso en el
baloncesto NBA.

Así se forjan las leyendas, y así es como Alcorcón deja de ser Alcorcón y se convierte Filadelfia.

Pues desde el sábado, desde que un neoyorquino cambió la visita
obligatoria al museo del Prado por una tarde de litronas y cigarrillos
junto al "Manolito Jordan Arena"; desde entonces en Alcorcón tenemos nuestro propio Rocky Balboa