Por fin el fin.
Solamente uno de los robots flotaba aún en la charca espesa y gris que envolvía al asteroide. Era un retraso imperdonable. Sus compañeros habían terminado hacía rato y se habían retirado ordenadamente hacia el interior de la nave.
Que uno de ellos demorase la tarea era inaudito. Los robots no hacían esas cosas; simplemente hacían su trabajo y procuraban acabarlo en un tiempo preestablecido. Éste, sin embargo, había recibido una misión singular que, por supuesto, no estaba incluida en el programa original.
Así, algo rezagado, el pequeño robot se afanaba en aplicar sus calibres en el líquido sobre el que flotaba. Aquí y allá navegaba desplegando pequeños bastones metálicos con los que saboreaba el supuesto mercurio. Emitía, también, constantes zumbidos que delataban según su tonalidad cada uno de los instrumentos invisibles que poseía. Ahora un sónar, luego un espectrógrafo de masas, después el típico ruidito del ionizador de Jensen...
Como no tenía ni idea de qué podía ser aquel limo amarillento que se empeñaba en rodear a los objetos que se le acercaban, Johnny, había ordenado al robot-calibre que realizase todas las pruebas disponibles.
Mientras tanto, esperaba ansioso las conclusiones del análisis; hundido hasta las rodillas en el océano que su robot trataba de explorar y cada vez más intrigado por la mancha amarilla que rodeaba sus piernas.
Y entonces el sistema de comunicaciones incorporado a su traje de exploración espacial, rompió su silencio y dijo:
¡TIP! ¡TIP TIP! ¡TIIIP!
- ¿Sí? Habla John B. God destacado en misión de exploración al asteroide H2593-15?RIT3
- Me alegro de oirle Sr B. God. Habla usted con el sistema de seguimiento operativo de la compañía. Verá, estamos interesados en conocer el estado de su misión. Si los datos son correctos debería haber emprendido el regreso hace 10 minutos. ¿Ha tenido algún percance?
- No, no... Estoy bien... es que... Bueno, he ordenado unas pruebas adicionales.
- Pruebas adicionales. Bien, si no es molestia, Sr B. God ¿Tendría a bien informarnos del objetivo de esas pruebas adicionales?
Aquella pregunta puso sobre aviso a Johnny. Estaba hablando con un ordenador de la compañía, y aunque ninguna computadora estaba programada para resultar ofensiva, sí que podían ser lo suficientemente educadas como para parecer amenazantes.
- Eh... Bueno... Es que todo ha resultado normal por aquí. Todo es como me avisarón que sería; todo excepto una mancha amarilla que me resulta extraña.
- Una mancha.
- Sí, es una mancha amarilla que se pega a las cosas...
- Ya. Y usted creyó que merecía un análisis ¿verdad?
- Pues... pues sí.
- Bien Sr B. God. Acabe sus pruebas ya que las ha empezado y después regrese con su nave. No se retrase, por favor, seguramente recuerda el epígrafe 25-D del manual de vuelo estelar referente a los peligros de incumplir el programa de vuelo.
- Sí, claro que lo recuerdo. No se preocupe.
- Muy bien, le deseo un agradable viaje de vuelta.
¡TIP! ¡TIP TIP! ¡TIIIP!
Por supuesto, Johnny, no tenía ni idea de lo que decía el epígrafe 25-D y en realidad no hacía ninguna falta. Si le habían enviado a realizar un trabajo que debía durar varias horas ¿Qué podían importar 10 minutos de más? Los peligros, de existir, serían peligros administrativos o burocráticos.
En cualquier caso, Johnny, esperó un rato más hasta que todos los análisis concluyeron pudo acompañar a su robot al interior de la nave. Tras el despegue, y con su nave situada en un cómodo pasillo espacial que marcaba la ruta de regreso, Johnny pudo tomarse un descanso.
La conversación con la computadora de la compañía le había enfadado bastante pues presumía (no sin motivo) que a su vuelta encontraría una sustanciosa multa esperándole.
A pesar de ello, o quizá por ello, tuvo ganas de hechar un vistazo a las dichosas pruebas adicionales. El informe de resultados estaba escrito en caracteres impersonales, y decía así:
COMPROBACIÓN TOMOGRÁFICA: NEGATIVA
VOLUMEN: 0
SUPERFICIE: ERROR 500
DENSIDAD: 0
ESPECTROGRAFÍA DE MASAS: BANDA DE COLOR NULA.
ÍNDICE DE IONIZACIÓN: 0%
¡Nada! ¿Nada? Johnny no podía creerlo. ¡Allí no había nada! ¡Absolutamente nada! Había incumplido el plan de vuelo y se había arriesgado a recibir una multa por algo que sencillamente no existía.
No tenía volumen, ni densidad, su espectro atómico estaba vacío por completo. La jodida mancha amarilla no había reaccionado al sónar, ni a los impulsos eléctricos. Y la única prueba que no había resultado negativa era la medición de la superficie; cuyo resultado era "ERROR 500"
Si algo no tiene superficie, ni densidad, ni átomos , ni nada de nada es que no existe. Se había arriesgado para analizar lo que, a todas luces, no era más que una ilusión óptica.
Enfadado y decepcionado, ni siquiera se percató del detalle más sorprendente del análisis: ¿Cómo estaba tan seguro aquel robot de que todos los resultados eran nulos? ¿Por qué cero? ¡Y vaya cero! No era un "cero más menos 2" era un cero total y absoluto en todos los resultados.
En realidad, era tan difícil para su robot detectar y medir un objeto de superficie infinita, como considerar una muestra que sólo posee superficie. No se puede medir, lo que no se quiere medir.
Para el robot sólo había una explicación lógica en la que catalogar sus resultados:
ERROR 500
Resultado incompatible con los supuestos básicos de las ciencias físicas. La medición falló debido a algún agente externo desconocido.
Pero Johnny, acostumbrado a vivir entre computadoras, robots y máquinas de todo tipo; acostumbrado incluso a recibir órdenes de ellos, ni siquiera se planteó que sus débiles e imperfectos ojos pudieran ser más eficaces que el sofisticado robot-calibre.
La mancha amarilla no existía, no tenía derecho a existir.
Y sin embargo, allí estaba. Sin aglomeraciones, y sin formar los círculos que habían sorprendido a Johnny los pequeños puntitos que la componían se dispersaban sobre la superficie del asteroide, tras haber presenciado el mayor espectáculo que verían en sus vidas.
La mayoría regresaba a sus hogares emocionados y sin haber abandonado aún el éxtasis colectivo del que habían participado. Por todas partes se reunían pequeños grupos para hablar de lo que habían sentido ante aquella extraña presencia. Porque, seguro, durante muchos muchos días ya nadie podría hablar de otra cosa.
Como siempre en estos casos, había tantas opiniones como opinadores. Aquellos que formaban parte de alguna confesión religiosa parecían tener bastante claro que habían visto a Dios; y por supuesto aseguraban que era el suyo propio. Los que antes habían sido agnósticos, se veían ahora imbuidos de una creciente fe, que insinuaba el comienzo de nuevas doctrinas religiosas.
Los que habían sido ateos estaban escondidos en sus casas; esperando que alguien provisto de una explicación plausible les rescatase. Y ese alguien era Ik. El único que había intuido la verdad de lo ocurrido, el único que podía explicar lo sucedido sin recurrir a la magia, las divinidades o la superstición. En el fondo, en aquel temprano instante, justo después de que el dios de los páramos se hubiera retirado, todos sabían que de existir alguna opinión crítica, sería la suya.
Cuando, días después, Ik anunció que tenía una explicación a lo ocurrido y que la daría a conocer en público la expectación fue enorme. Daba la impresión de que todos los que se habían reunido para contemplar al dios de los páramos, volvieron ha hacerlo para escuchar a Ik.
Inició su discurso de manera ilusionante: "Señores, hace unos dias todos pudimos asistir a un suceso extraordinario. Un suceso que tiene una explicación maravillosa."
Y continuó un buen rato haciendo las delicias de su público, con algunas metáforas afortunadas que explicaban los detalles de sus ideas matemáticas, algún chiste calculado que resultó efectivo, e incluso algunos ejemplos prácticos que debían preparar al público para entender mejor las sutilezas del mundo tridimensional.
Casi podía leer su triunfo en las expresiones que veía a su alrededor. Por supuesto, no creía posible convencer a todos. Los fanáticos seguirían confiando en sus dioses igual que lo habían hecho siempre, pero muchos comprenderían su teoría y juzgarían que era la explicación más sencilla.
Sin embargo, cuando explicó su argumento central se escuchó un murmullo desaprobador entre el público. Uno de esos murmullos que no es un "shhh" ni un "ohhh" si no más bien un "einn" La tercera dimensión era demasiado exótica. Una hipótesis demasiado extravagante y abstracta como para resultar creíble, aunque fuese cierta.
Hasta el final, Ik, no percibió mas que un ambiente respetuoso pero carente de afecto. Y cuando por fin acabó de exponer sus ejemplos y de describir su teoría la audiencia premió su discurso con un aterrador silencio que duró hasta que alguien tuvo el valor de gritar:
¡No es posible!
A Ik se le heló el corazón. Incapaz de aceptar su fracaso se dirigió de inmediato hacia esa persona. Caminó todo lo rápido que pudo hasta situarse junto a él. Sabía que su credibilidad estaba en juego, pues si no era capaz de convencer a aquel inoportuno crítico nadie creería su teoría.
Pero primero tenía que cerciorarse de quién era exactamente su oponente, así que comenzó a girar a su alrededor mientras éste seguía hablando en su contra.
"Su explicación es absurda"
Con la primera vuelta, Ik descubrió que su adversario tenía 23 vértices.
"Es tan extraña y mística como los discursos de los sacerdotes. ¿Por qué hemos de creerle y aceptar que no existe Dios si para ello necesita argumentos como los de los religiosos?"
Ahora Ik pudo advertir las longitudes de sus aristas, y le resultaron familiares.
"¿Sabe lo que creo Señor Ik? Creo que usted no tiene ni idea de lo que ha sucedido, pero se niega a aceptarlo. Y pretende engañarnos con una explicación tan compleja que nadie puede comprender"
Cuando consiguió apreciar su convexidad y algunos matrices de su simetría Ik reconoció sin lugar a dudas la identidad de su enemigo, y casi con lágrimas en los ojos se dio cuenta de que contra él no podría discutir.
El que protestaba era, ni más ni menos, que su alumno Tir.
De todas las personas que había en el mundo, era Tir en quién más esperanzas había depositado. Había dado por supuesto, que sería su primer aliado en la discusión.
Tir, su querido Tir, había aprendido muchas de sus teorías y descubrimientos casi al mismo tiempo en que eran desarrollados. Había podido comprobar, incluso, la existencia de la tercera dimensión durante su viaje a los páramos. Y ahora Ik no podía creer lo que escuchaba en palabras de quién creía que sería su más firme aliado.
Desilusionado, olvidó la respuesta que había ideado solo unos segundos antes. Y se quedó callado sin saber qué hacer mientras Tir seguía gritando con furia en contra de su maestro.
Nunca, en todos estos años, había advertido Ik la fuerza que latía en el interior de su alumno preferido. Tir que conocía al detalle sus teorías, que le había apoyado en sus guerras dialécticas contra los místicos. Tir, al que él mismo le había enseñado las piezas fundamentales de su filosofía.Era Tir quién ahora se rebelaba contra él.
Era, también, el mismo Tir que ocultó a su maestro sus íntimos deseos de conocer a un Dios y no a un extraño experimento antes de partir hacia los páramos.
Pero esto Ik no lo había imaginado nunca, seguro como estaba de contar con un aliado convencido... con un amigo. Por eso la repentina actitud de su pupilo se le antojó una traición en toda regla. Por eso no opuso resistencia, ni trató de contrarrestar sus afirmaciones.
Por eso, ambos coincidieron por última vez pronunciando dos intenciones en una misma frase, cuando gritaron al unísono:
"¡No puede ser!"

Dadá dijo
Bueno, ante todo quería disculparme un poco antes los lectores que ha tenido esta historia, que presumo no son demasiados, pero sí han sido fieles.
Disculparme por haberla hecho tan larga y por haber tardado tantísimo en acabarla; tanto que algunos la habíais dado por terminada en el artículo anterior.
Pero es que entre los exámenes que me acechan y mi verborrea incontenible no me ha salido mejor.
En fin, espero que al menos os guste el final.
Si es que aún tenéis ganas de leer.
¿Ha quedado usted satisfecha Srta Azul?
21 Enero 2007 | 05:06 PM