Johnny B. God. Tercera parte.
No le gustaba nada viajar, pero había llegado a resignarse.
Siempre había alguna ciudad con problemas o algún campo de cultivo fractal que había escapado al control de su dueño.
Casi siempre bobadas. Naderías que cualquiera con un poco de sentido común podría solucionar. Pero naderías que requerían su atención; pues a diferencia de magos sacerdotes y embaucadores, sus remedios funcionaban.
Así, cuando una ciudad quería organizar un nuevo asentamiento, cuando una cosecha perdía su correcto orden fractal y empezaba a crecer caóticamente, cuando alguien padecía alguna enfermedad o había perdido un vértice… siempre recurrían a él.
Arquitecto, médico, geómetra y filósofo, Ik casi siempre encontraba una solución para los problemas que le planteaban.
Pero como los problemas no tenían costumbre de presentarse en su hogar, muy a su pesar, pasaba la vida viajando.
Muchos le envidiaban. Anhelaban la sorpresa y la aventura del viajero. Dormir cada dia con una ciudad… ¡Y con distinta compañía!
Pero Ik, para quién los viajes eran su forma de vida, prestaba más atención a las incomodidades.
Las largas jornadas de marcha se le antojaban interminables y agotadoras. Las ciudades monótonas y sus habitantes mezquinos.
Las nuevas religiones que descubría aquí o allá le desagradaban por igual. Y a fuerza de viajar había perdido el interés por las costumbres de los pueblos que visitaba. Además, sabía por experiencia que no es fácil encontrar compañía cada noche. Las más veces, dormía sólo.
Naturalmente podría haber fijado su residencia en algún lugar estable: Narade o Uruk, por ejemplo, siempre le habían resultado acogedoras.
Pero esto le habría privado de su placer más querido: la búsqueda de lo desconocido; la investigación.
Enigmáticos e inexplicables, periódicamente el mundo daba a luz sucesos inesperados. Acontecimientos a los que merecía la pena dedicar todo su ingenio. Misterios tan intrincados que necesitaba resolver.
Precisamente ahora, viajaba junto a Tir hacia el desafío más abrumador al que se había enfrentado: Dios en persona se había presentado en los páramos.
Y aquello… no podía ser. Simplemente no podía ser.
Toda su vida, Ik, había luchado contra la divinidad, contra ese escurridizo concepto que da la razón sólo a quien sabe utilizarlo; no a quien la tiene. Sabía que ocultarse o desentenderse del asunto en estos momentos, supondría su derrota. Si no se presentaba, todos pensarían que rehuía la cuestión; que su ausencia se debía al miedo a quedar en evidencia. Pero no sólo estaba obligado a aceptar el reto; además necesitaba una respuesta lógica, científica.
Ante el desafío, Ik, debía encontrar una explicación satisfactoria que demostrase a todos que aquel no era ningún dios, si no un extraño fenómeno natural.
De lo contrario, sacerdotes de todas las religiones se lanzarían contra él gritando :¡Dios existe! ¡Existe! ¡Toda tu ciencia es inútil contra Él! Los místicos trapezoidales clamarían sus diatribas: ¡Qué puede ahora todo tu conocimiento contra la energía sagrada! Ahora que, ante tus ojos, se alza la magnificencia del espíritu universal ¿te atreverás acaso a negar, de nuevo, su existencia? ¿Es que no lo ves?
En el fondo, Ik, tenía miedo. Sabía que esta vez el reto era grande, y no podía dejar de pensar en lo que dirían sus enemigos si no estaba a la altura. Porque, a diferencia de los adalides religiosos, él no tenía explicaciones para todo. Al menos no instantáneamente.
Sabía también (y quizá eso era lo peor) que todos estos pensamientos, verdaderos augurios de su derrota; estorbarían en su inteligencia llegado el momento de enfrentar el misterio.
No, su mente debía estar clara, limpia, despejada y en calma. Debía apartar de sí todas las ideas negativas, debía confiar en sí mismo. Pensar en su hipotético triunfo, en lugar de su, no menos hipotética, derrota. Aún mejor: no pensar en absoluto. Sin embargo, cuanto más se afanaba en dirigir su pensamiento en una dirección más rápido corría este en el sentido opuesto.
En ese momento, Tir, inconsciente pero providencial preguntó:
- Verá, Maestro, hay algo... ¡Hay algo que no entiendo!
- ¿eh? Perdona... ¿qué decías?
- Que no lo entiendo, maestro. Verá, parece usted algo despistado desde que partimos de Narade... y quizá esa sea la causa. Pero me parece que en lugar de tomar un camino recto que nos conduzca rápidamente al destino, nos dirige usted por una pronunciada curva.
- ¡Ah! Bueno, no te preocupes Tir. Tienes razón, nuestra ruta no sigue una línea recta, si no una curva bastante amplia. Pero no por despiste, si no por elección.
- Pues ahora si que no entiendo nada. ¿Por qué elige dar este rodeo? El cámino hasta los páramos está libre de peligros y podríamos avanzar en línea recta... llegaríamos más rápido así. Y verá, maestro, creo que nos conviene llegar cuanto antes: no sabemos de cuánto tiempo disponemos antes de que el dios desaparezca.
- Agradezco tu preocupación Tir. Pero precisamente nos desviamos del camino recto para llegar más rápido.
- ¿Cómo?
- Lo que oyes Tir. Tardaremos menos en completar nuestro viaje si recorremos una curva, que desplazándonos en línea recta.
- Pero... no puede ser señor Ik. ¡Todo el mundo lo sabe! ¡El camino más corto entre dos puntos es la línea recta!
¿Estás seguro de eso Tir? Yo creo que no. Es más, estoy seguro de que no lo es; porque lo he comprobado a menudo.
- ¿Lo ha comprobado?
- Sí, Tir. Muchas veces. Verás, no he pasado la vida ocioso; eso lo sabes bien. Pero mis investigaciones no se limitan sólo a los problemas que las gentes me plantean, también busco soluciones a mis propios problemas. Y, como sin duda sabrás, la cosa que más molestia me produce en la vida es el desplazamiento continuo, el viaje perpetuo. A consecuencia de esta aversión personal, comencé a pensar en la forma de avanzar más y más rápido. De hacer más cortos los viajes, ya que no podía evitarlos.
Al principio, todas mis ideas eran parecidas: vehículos más rápidos, rutas mejor diseñadas, y cosas así. Algunas de ellas las llevé a cabo, y otras se demostraron infactibles, pero lo importante es que ya había empezado a pensar en ello.
Y como siempre...
- Como siempre, la idea principal se le ocurrió al pensar en otra cosa ¿no es verdad?
- Je, je... ¡pues sí! Debo ser muy pesado ¿verdad? ¿Cuantas veces te he dicho esa frase?
- Muchas, maestro. Muchas.
- Bueno, pues aunque me repita tanto; no por eso deja de ser menos cierto.
- ¿Y cuál era ese segundo pensamiento que le inspiró?
- Ah... ¿Recuerdas tus lecciones de la escuela? ¿Qué te dijeron acerca de la forma del mundo?
- Sí, lo recuerdo bien. Nos enseñaron lo que todos saben: que el universo es una extensión ilimitada; en la que podemos movernos en dos direcciones.
- Y es lo que parece ¿verdad?
- Pues sí. En principio no hay límites, uno puede caminar indefinidamente hacia delante o hacia detrás, y también hacia los lados.
- Esta bien Tir, y si es así ¿cómo es que a veces tras un largo recorrido llegamos de nuevo al punto de partida? ¿cómo te explicaron eso en la escuela?
- Pues... pues la explicación que nos dieron es que si un recorrido acaba en el punto de partida es porque el camino seguido fue una circunferencia. Pero... ¡es lógico!
- Sí, suena muy convincente. Pero es mentira.
- ¿Mentira? ¡Cómo puede ser mentira!
- Las cosas evidentes suelen ser las más engañosas Tir.
Podría aburrirte con argumentos inagotables que te harían dudar; pero en lugar de eso te explicaré el que me acabó de convencer: si en lugar de pensar que el universo tiene sólo dos dimensiones admitimos otras posibilidades; un razonamiento geométrico adecuado nos conducirá a concluir sin error posible que ciertas curvas son mucho más cortas que las líneas rectas.
Estas curvas, que imaginé por casualidad, acortan muchísimo los viajes. Ya que, en realidad, recorremos menos distancia.
Esto, por supuesto, no sería más que una teoría descabellada, una locura. De no ser porque funciona. ¡Y con increíble precisión!
- ¿Cómo? ¡No puedo creer lo que está diciendo!
- Sí, admito que debo parecer un loco. Pero esto es sólo porque aún no comprendes lo que digo. Verás, el universo que te propongo no está pensado para ser real. Es sólo una versión incompleta, abstracta y matemática de la realidad. Es sólo un artificio, que me permite hacer cuentas complejas, y que permite obtener conclusiones válidas en nuestro limitado universo bidimensional.
- Pero entonces ¿Qué tipo de universo me propone? ¿Cuántas dimensiones tendría?
- De momento me basta con tres. Pero, claro, una vez que uno admite la existencia de una tercera dimensión no hay por qué detener la cuenta en ese punto. Matemáticamente sería posible considerar universos de cuatro, cinco, seis... o más dimensiones. Yo me paro en tres porque, sinceramente, no veo qué utilidad tendrían las demás; mientras que suponer la tercera me ha permitido descubrir en nuestro plano, caminos especiales que son más cortos que las líneas rectas.
De hecho, puedo calcular cuáles son esos caminos. Y, en estos momentos, viajamos por uno de ellos.
- Pero... y ¿qué forma tiene entonces el universo?
- Mmm... es una buena pregunta, Tir. Y muy difícil de contestar.
El problema es Tir, que podemos imaginar con facilidad todo lo que está a nuestro alcance. Todo lo que tenemos en nuestro cómodo universo de dos dimensiones tiene un nombre: hay puntos, líneas rectas que pueden ser curvas si al seguir su curso no necesitamos cambiar de dirección, de lo contrario las llamamos curvas. También hay combinaciones de ambas, los seres vivos como tu y como yo somos mezclas de vértices (puntos) y aristas (trozos de líneas rectas) y a esto lo llamamos, en general, polígonos.
En un universo de tres dimensiones carecemos de vocabulario adecuado, porque hay muchísimo más espacio. Con tres dimensiones podríamos movernos en nuestras dos dimensiones habituales más una tercera... y claro, en seguida empiezan a pasar cosas extrañas.
Por ejemplo, como nuestro universo sólo tiene dos dimensiones todo lo que vemos tiene, al principio, el mismo aspecto: una línea o un segmento rectos. Por eso, para reconocernos entre nosotros tenemos que dar toda la vuelta y contar nuestros vértices lados y demás... Un ser tridimensional no necesitaría tanto trabajo, pues en su mundo cada cosa tendría un aspecto diferenciado. Le bastaría con una simple mirada.
Y para estos sucesos, para estas cosas; no tenemos nombres. Aún más, como nunca nos hemos enfrentado a ese contexto... no es fácil imaginarlo, y debemos contentarnos con hacer suposiciones de la mano de los cálculos geométricos, quienes sorprendentemente no parecen acusar el cambio.
¿La forma del universo? Pues como universo es el conjunto de "todo", debemos concluir que su forma será la de una recta que hemos girado sobre uno de sus puntos...
- ¿Un círculo de radio infinito?
- Sí, un círculo.
- Pero un círculo no necesita tres dimensiones para existir...
- Sí, es cierto. Y por eso, no basta con girar la recta para construir el círculo. Ahora, deberíamos apoyarnos en el mismo punto que antes (que ahora será el centro del círculo) y girar de nuevo sobre la tercera dimensión para llenar, ahora sí, las tres dimensiones de que dispondríamos.
Como no hay palabras para designar a esta forma que acabamos de construir, no importará si inventamos una: yo la he llamado esfera.
¡El mundo tiene forma de esfera!
- Pero... ¿Y nosotros dónde estamos?
- En la superficie de la esfera... que es lo suficientemente grande como para que nos de la impresión de vivir sobre un plano.
- Pero y en el universo tridimensional... ¿vive alguien?
- Ja, ja, ja... ¡No Tir! ¡No! No se trata de que haya vida o deje de haberla. Todo este lío, es sólo un artificio, un delirio matemático que tiene su utilidad para explicar ciertos sucesos.
En realidad, todo lo que te estoy describiendo no lo he visto mas que como producto de extraños cálculos geométricos. Es sólo una hipótesis alocada y pasajera, pero útil.
La realidad, seguramente, será mucho más sencilla. Pero aún permanece oculta.
- Pues aunque así sea, maestro, no es una hipótesis muy fácil de asimilar. ¡Por un momento me ha parecido estar hablando con un mago que se explicase por medio de extrañas analogías!
- Sí, reconozco que no es una teoría fácil de entender. Pero con el entrenamiento matemático adecuado, cualquiera podría convencerse de ello. Si te parece, Tir, te enseñaré los detalles al volver de este viaje, y entonces...
Tir, dristaído del camino hasta entonces, divisó un gran tumulto que se interponía en su camino.
Una multitud de polígonos se agolpaban apretujados en varios cúmulos. Aunque no podía saberlo con exactitud sin la ceremonia habitual del conteo de vértices, medición de ángulos y demás; creyó reconocer a un par de ellos.
De lo que no tenía ninguna duda es de que muchos religiosos estaban allí. No hacía falta reconocer sus características geométricas, se les oía perfectamente cantando himnos y salmos. En medio de aquel ruido se golpeaban unos a otros para adentrarse cada vez más en la multitud.
Al margen de aquellos atascos, no se veía nada. Tan sólo el espacio infinito que se extendía en todas direcciones... fuesen las que fuesen.
Habían llegado a los páramos de los que todo el mundo hablaba. Pero... ¡Habían tardado sólo unas horas en recorrer un camino que exigía días de marcha!
Cuando cayó en la cuenta de lo rápidamente que habían recorrido la inmensa distancia que separaba Narade de aquel lugar, Tir miró a su maestro Ik.
Este le devolvió la mirada, y sonrió.

Dadá dijo
Bueno, la verdad es que da un poco de vergüenza escribir una historia tan larga partiendo de una anécdota que no ocupaba más que tres líneas.
Pero me gusta la historia, y necesitaba que esta parte se entendiera bien, para que el final resulte comprensible.
Prometo ser mas comedido (y terminar) en la cuarta parte.
Y, si tenéis paciencia de leerlo, espero que os guste.
20 Diciembre 2006 | 06:14 AM