Johnny cogió su fusil.
Siempre le había resultado curioso que aquella fuese la única norma común a todos los tratados de vuelo estelar.

Los conocía bien, había estudiado decenas de esllos durante sus años en la academia: " En el caso de visitar un planeta desconocido, no se debe abandonar la seguridad de la nave sin disponer de armamento adecuado"

Así que , fusil en mano y parapetado bajo su traje espacial, abrió la puerta.

Se tomó un instante (siempre lo hacía) para observar la belleza (más bien escasa) del nuevo mundo al que acababa de llegar.

Pero cumplió con su deber y descendió de la nave. Un par de pasos después volvió la vista atrás para observar sus propias huellas a través de la escafandra de su traje espacial.

Siglos atrás, aquello había tenido un significado trascendental: ¡La huella de un humano en suelo no-terrestre!

Todavía se conservaba, en la Luna, la huella de Armstrong; una de las visitas obligatorias para todo turista. En Marte, una cúpula de cristal y acero protegía la primera pisada humana.

Sin embargo la tradición no perduró. Ni en los planetas próximos al Sol ni en los pertenecientes a cúmulos cercanos había nada similar.

Aunque cualquier escolar recordaría sin muchos problemas los nombres de, al menos, una decena de pioneros notables; hacía mucho tiempo que el desembarco en un nuevo planeta no era una gran noticia.

En todo caso, fiel a su oficio, Johnny se detuvo un instante y pronunció lo más solemnemente que pudo el discurso ritual:

- Tomo posesión de este mundo, en nombre de...

Inmediatamente su voz quedó registrada en la computadora de la nave; quién, a su vez, inscribió su nombre, Johnny B. God, en el archivo galáctico.

A partir de ese momento , Johnny podría presentarse ante la historia como el primer hombre en pisar el cuerpo celeste H2593-15?RIT3.

Sin duda un gran honor.

Todo aquello debió resultarle realmente estúpido. Estaba sólo, pues los estudios previos sobre la naturaleza del planeta no habían mostrado indicios de vida.

Así que ¿Para qué el fusil? Y aún peor ¿Para quién había rectado la toma de posesión?

Aunque quizá, no pensó ninguna de estas cosas. A fin de cuentas, era parte de su rutina de trabajo.

En realidad, él estaba allí sólo para confirmar las sospechas de la compañía.

H2593-15?RIT3 había sido minuciosamente estudiado durante meses, junto con los grumos de materia cercanos.

Su geodesia, su atmósfera, su espectografía relativa y su posición estelar habían sido medidos por los autómatas-exploradores de la compañía.

Varias computadoras cuántoorgánicas habían realizado concienzudos análisis sobre los datos del registro galáctico introducidos por los autómatas-exploradores.

Esas mismas computadoras apreciaron ciertas irregularidades interesantes en los datos disponibles. Evaluaron la situación, y formularon sus hipótesis para explicarlas.

Después solicitaron a los autómatas un conjunto de nuevas mediciones, que estos realizaron escrupulosamente.

Con los nuevos datos obtenidos, los seres cuantoorgánicos desarrollaron una teoría consistente.

Sólo entonces consideraron adecuado contactar con el sistema-burócrata de la compañía.

Y así, 72 horas después de que el primer autómata orientase sus sensores hacia H2593-15?RIT3 la cuestión salió a relucir en una reunión entre directivos e ingenieros de la compañía.

Tomó la palabra una de las computadoras a cargo de la investigación:

- Hemos detectado una presencia inusualmente grande de Mercurio líquido en un planetoide cercano a GRAVO-5

Contestó uno de los ingenieros:

- ¿Qué fiabilidad tiene tu predicción?

- Puede estar seguro en un 90% Como ve, un porcentaje ligeramente inferior al límite que me permitiría iniciar una misión exploratoria sin pedirles permiso.

Después habló, sin mucho interés, uno de los directivos:

- ¿Cuánto costaría una exploración preliminar?
- Al precio actual 563010 Lems.
-¿Tripulación?
- Bastará con que alguien sea capaz de posar la nave sobre el planeta y poner en marcha los aparatos de medición. Una sola persona.
- ¿Beneficio esperado?
- De un 1000% sujeto, claro está, a las fluctuaciones del mercado.
- Bueno, es factible, arregle los detalles.

Y los detalles consistieron en embarcar a Johnny en una nave llena de aparatos de medición y alimento para una semana.

Aquel lugar tenía aspecto de ciénaga. Una infinita extensión de líquido grisaceo lo cubría todo, excepto unos pocos salientes rocosos como el que había utilizado para posar la nave.

No había olas ni turbulencias sobre la superficie de aquel océano, pues el planeta no disponía de una atmósfera activa que lo agitase, ni satélites que provocasen mareas.

Hacía bastante frío: a 273ºK aquel líquido bien podía ser el esperado mercurio. En cualquier caso la decisión final correspondía a las computadoras de la compañía, ayudadas por las mediciones de los autómatas que Johnny acababa de poner en marcha.

Hundido hasta las rodillas en aquel mar poco profundo, Johnny contemplaba divertido su pequeña legión de robots.

Chapoteaban y hacían ruiditos.

El contador Geiger dijó ¡Bip! Y contestó el viejo medidor de Van deer Walls con su habitual ¡Zumm, Zumm!

El medidor de Spin los dejó a todos mudos con un grosero ¡Cric, Cric! ¡Rac!

Fue entonces cuando Johnny se dio cuenta:

Una fina película de polvo amarillente flotaba sobre el mercurio, como si fuese una delicadísima alfombra.

A cada momento, el amarillo era más amarillo. Y se concentraba alrededor de todos los autómatas flotantes; formando a su alrededor delgadas auras brillantes.

Tras la sorpresa inicial, Jhonny, miró hacia abajo... hacia sus propias piernas hundidas en el mercurio: ellas también estaban rodeadas por dos delgadas coronas amarillentas.