Tir había llegado muy pronto aquella mañana, y muy inquieto también: Tenía una noticia importante que comunicar a su maestro.

Aún así, esperó inmóvil a que el señor Ik (aún adormecido) rodease por completo su cuerpo mientras contaba los vértices de que disponía: 23 en total.

La mayoría de la gente detenía la inspección en este punto, pues la probabilidad de encontrar a dos personas con el mismo número de vértices era realmente pequeña.

Pero el señor Ik era diferente. Un hombre de su posición no podía dejarse engañar por un impostor. ¡Él que presumía de conocer la verdad oculta en la naturaleza!

Así que lento y metódico, el señor Ik daba vueltas y más vueltas alrededor de su pupilo Tir.

Una segunda vuelta para medir las longitudes de los lados que unían sus vértices. La tercera para evaluar los ángulos que formaban. Otra más para comprobar si lo que tenía enfrente era un ser convexo, otro par de giros para descubrir sus simetrías...

Hasta que por fin, el señor Ik, se detuvo ante quién lo había despertado tan temprano en la mañana.

Según su reciente Teoría de las Caracterizaciones una definición no era más que la idea que yacía en la intersección de varios conceptos diferentes.

En este caso estaba claro, alguien provisto de 23 vértices, con la medida precisa de perímetro, los ángulos correctos, convexo y la simetría ligeramente desviada del cánon de belleza... el polígono que tenía enfrente no podía ser otro que su ayudante y alumno Tir.

- ¡Tir! ¿Qué te trae hasta aquí tan temprano? Debe ser importante, para que me hayas despertado de esta manera.

Tir que no podía aguantar por más tiempo la noticia, olvidó las fórmulas de cortesía y fue directo al grano:

- Maestro Ik, no va a creerlo... ¡Dicen que ha venido Dios! ¡Han visto a Dios en los páramos!

Ik no se sorprendió demasiado. O al menos no pareció hacerlo ante tal revelación.

- Dios dices... Dios en los páramos. ¿Y qué dios es ese?¿El dios de los triángulos? ¿O es el dios de los cuadrados? ¡No! Espera... ¿Es acaso la misteriosa energía mística con la que nos aburren nuestros queridos ascetas trapezoidales?

- Pues... no lo sé, maestro. Sólo se lo que me han contado: dicen que Dios ha aparecido en los páramos, al otro lado del mundo. ¡Todos hablan de ello en la ciudad!

- ¿Todos dices? Bueno está bien, pero ¿Quién ha visto a ese Dios de los páramos? ¿Quién ha traído la noticia?

- Pues verá, maestro Ik, el primero en anunciarlo fue un viajero llegado de Narade, pero un par de horas después lo ha confirmado un correo oficial recibido por el alcalde.

- ¡Ah! El viejo y taimado Ur, seguro que ya está planeando alguna manera de sacar beneficio de este "advenimiento"... Bueno Tir, de todas maneras no es el primer dios que nos visita. ¡Tenemos colecciones completas de visionarios y profetas!

- No maestro, esta vez es diferente.

-¿Diferente?

- Sí maestro. Esta vezo no hay profetas ni visionarios. La población entera de los páramos lo ha visto. Y no sólo eso, esta vez no se trata de un suceso puntual. El Dios de los páramos no ha desaparecido... ¡Sigue allí!

Ahora Ik empezaba a estar realmente interesado. No era, la primera vez que alguien aseguraba haber visto a Dios, pero desde luego era la primera vez que TODOS lo veían. Y lo que era aún más sorprendente... aquel Dios, al parecer, había venido para quedarse.

Por supuesto, aquello (fuera lo que fuese) no era ningún Dios. Un sabío como Ik no podía aceptar aquella hipótesis. Desdeñaba todas esas supercherías religiosas con tal pasión que (muy a su pesar) el ateísmo se había convertido en su propia religión.

Una religión que sólo ofrecía dudas e incertidumbre, y que exigía a sus fieles la búsqueda de explicaciones plausibles a los enigmas y misterios.

Una religión de la que Ik parecía ser el único seguidor en toda la superficie del mundo.

- Está bien Tir, dios vive en los páramos. ¿Y qué aspecto tiene? ¿Hace milagros? ¿Qué más te han contado?

- Pues verá, maestro, no hay noticias sobre milagros; pero sí sobre su aspecto. Dicen que es luminoso y que su color varía a cada instante, como su tamaño y forma que varían constantemente. Siendo siempre mucho más grandes que cualquier ser de este mundo. Dicen incluso que no es una criatura conexa: ¡que puede estar en varios lugares al mismo tiempo!

- ¿Y qué variaciones son esas?

- Dicen, maestro, que es un ser asombroso. Que si en un momento es convexo, deja de serlo al siguiente. Que si se cuentan sus vértices, la suma sólo es válida durante unos segundos... ¡Qué la mayor parte del tiempo carece de vértice alguno! Que forma un todo, un único ser que varía coordinado, en dos cúmulos separados. Que su voz es potente e infunde respeto, que se expresa en un idioma incomprensible...

Aquello casi excitó al veterano Ik. ¡Un ser que era capaz de modificar su geometría! ¡Una criatura que vivía a un tiempo en dos lugares diferentes!

Dios o no, aquello era un interesante enigma que estudiar.

- Y los jefes religiosos ¿qué opinan?

- Todos están de acuerdo en que la criatura de los páramos es Dios. Pero todos afirman que es el suyo propio y no el de los demás.

- ¡Vaya Tir! En verdad esto es lo menos extraño de esta historia. Pero... y tú. ¿Tú qué opinas?

Tir estuvo a punto de reconocer que él también creía en aquel Dios. Los informadores eran demasiados y demasiado apasionados como para no creerlos. Pero recordó la aversión del maestro hacia las religiones y prefirió ser cauto.

- No lo sé, maestro. Creo que es un misterio.

- Tienes razón, eso es lo única cosa cabal que podemos decir por el momento. ¿Qué te parece Tir, si hacemos un viaje a los páramos?

Tir sonrió, y comenzó los preparativos inmediatamente.

Si había un Dios en los páramos él quería verlo... y había temido por un momento, que Ik despachase la cuestión diciendo "Meras supersticiones Tir, dediquémonos a algo más importante."