Libres de impuestos
Salgo del metro en Opera, para dar a la plaza donde está el teatro real y la estatua de Isabel, la segunda.
Es un sitio que me trae recuerdos y hace solecito, así que me apoyo en la barandilla del metro y me lío un cigarrillo. Es que ahora lío cigarrillos.
Cuando lo consigo, me ha salido perfecto esta vez, levanto la mirada para prenderlo y me fijo en el tipo que está delante de mi.
Es un vendedor ambulante de esos que hay a millares por las calles de Madrid, venden barquillos, gorras, calcetines, bisutería, lucecitas... y cualquier otra cosa que imaginarse pueda. Este se emplea a fondo con un manojo de cinturones en la mano:
¡A un euro! ¡Cinturones! ¡Cinturones a un euro! ¡No se puede más barato señores! ¡A un euro!
Le observo mientras fumo... ¡Qué tipo más extraño! Se ha puesto en la parte en la que da el sol, en lugar de a la sombra que es donde estoy yo.
Hace solecito, como digo, pero cuando yo vendía periódicos en la calle aprendí que cinco horas quieto en un lugar convierten cualquier solecito en un calor abrasador...
De repente se me acerca, y me dice:
- Hey chaval... Ya he visto que lías los pitillos, ¿me podrías hacer uno?
- Mmm... Sí, ¿Por qué no?
- ¡Ah! Golden virginia... esta bueno ese tabaco. ¿Has probado el Amsterdamer?
- Pues no, aún no... pero tendré que hacerlo ¡Todo el mundo me lo aconseja!
- Sí es que tiene saborcillo a vainilla, y así después no vas atufando al personal.
- No sé, tío, de momento me tengo que acostumbrar a este.
- Hace un calor de la hostia, ¿que no?
Asiento y sonrio, diciendo para mis adentros, "Te lo dije" Pero como, en realidad, no se lo dije; me callo y sólo sonrio.
Y por fin, acabo su cigarrillo.
- Aquí tienes tronco, ¿Qué te parece?
- Pues cojonudo, te ha quedado de puta madre. Gracias.
Y dicho esto inicia el camino de vuelta hacia la zona de sol. Pero antes le pregunto:
- ¡Hey men! ¿me dejas ver tus cinturones?
- Sí claro, ¿quieres uno?
- No... no exactamente. A ver, déjame ver...
- Estan buenos ¿eh?
- ¡Joder!
-¿Qué?
- Pues que tienes un cinturón exactamente igual que el que me compré la semana pasada.
- Bueno, tengo más si quieres...
- No qué va, si no es eso. Es que la semana pasada estaba en Dublín, con el botón del pantalón roto... y me tuve que comprar un cinturón ¡Exactamente ese cinturón, tío! ¡Y me clavaron 10 euros por él!
- ¡10 euros! ¡Vaya palo!
- Sí tío, es que es una ciudad muy cara. ¡Cara de cojones!
Se me acerca, y me dice al oído:
- Bueno, también es que estos cinturones son... son libres de impuestos.
Nos miramos y nos hechamos a reir.
Y después me largo, que a fin de cuentas yo tenía que comprar unos libros. Un diccionario de inglés, y un libro de gramática del mismo idioma. Es que tenía el día romántico.
A la vuelta, paso por la misma estación, donde me encuentro al mismo vendedor ambulante... que ya ha empezado a sudar. Le saludo al llegar, y el me hace un gesto con la mano.
Cuando bajo las escaleras para entrar en la estación le escucho cantar al público:
¡A tres euros! ¡Cinturones! ¡Cinturones a tres euros! ¡No se puede más barato señores! ¡A tres euros!
Sonrió, y me sumerjo bajo la ciudad.
Parece que, definitivamente, ya estoy de vuelta.

Antonio dijo
Excelente, sin más que agregar, enhorabuena.
Un saludo
10 Agosto 2006 | 05:52 PM