La Coctelera

Categoría: Cuentos

El Dadá sobre el tejado de zinc

Directamente desde mi Moleskine, os cuento esta pequeña aventura Neoyorkina que (prometo) será la última que publique sobre este viaje.

La escribí en el Fat Cat. El día después de los sucesos que se narran:

Ahora es fácil.
Estoy semi-arruinado en un club de jazz en Chinatown, con una banda a la izquierda que se emplea en quitar el polvo al interior del saxo y las trompetas, mientras aporrea las cuerdas del bajo y la piel de los tambores.

A mi alrededor gente guapa. Gente que juega al ajedrez, al ping-pong, al futbolín y a esa cosa tan rara que se parece a la petanca, pero que los yankis llaman de otra manera.

Ahora, como digo, es fácil.

Pero ayer, la puta puerta se cerró y no había manera de volverla a abrir.

La puerta se cerró y en lugar del habitual "¡Pum!" nosotros escuchamos un "¡Fuck!" que nos dejó fuera de juego durante unos instantes.

Nos habíamos quedado atrapados en el tejado de la casa de Lee.

Hasta entonces habíamos estado conversando y bebiendo 42´s. Una cerveza tan horrorosa que cuando la compramos Graison me dijo que América debía estar orgullosa de aquel líquido asqueroso, pues había costado mucho trabajo embotellar la orina de todos los ciudadanos de E.E.U.U.

Pero en el fondo, no estaba tan mal. La cerveza, horrorosa sí, por lo menos era barata. Y desde la azotea de la casa de Lee se podía ver Manhatan, con todos esos gigantescos edificios iluminados.

Probablemente yo (que justo ese día no tenía sitio dónde dormir) y Andrea (a la que acababan de desahuciar de su apartamento) nos hubiéramos quedado a dormir en el tejado la mar de a gusto. Pero nuestros compañeros no pensaban lo mismo. Había que salir de allí. Y había que hacerlo cuanto antes.

Con la puerta cerrada a cal y canto, sólo teníamos dos opciones: o dormíamos en el tejado, o encontrábamos alguna manera de salir del follón.

Elegimos la escalera de incendios, con la esperanza de que al bajar nos condujese a la calle.

Era una escalera de incendios como cualquier otra, como las que salen en las películas. Aunque, para ser justos, las que salen en las películas son nuevecitas, súper maravillosas y coquetas, y están limpias.

La nuestra debía llevar unos 30 años sin utilizarse. Y estaba cubierta por una espesa capa de óxido que se resquebrajaba al tocarla, y no se adhería a la piel gracias a las tupidas telarañas que mantenían su cohesión.

Pero bajamos.

Nada más terminar el descenso, recibimos otra nueva decepción: la escalera nos había dejado en un patio interior sin comunicación con la calle. Habíamos cambiado nuestro encierro del tejado, por la jaula del patio.

Aún así la noche y nuestra borrachera nos habían provisto de un espíritu incansable a prueba de adversidades. Y la cerveza todavía nos permitía una pizca de raciocinio. Así que nos organizamos en dos grupos.

Graison, Andrea y yo nos pusimos manos a la obra para tratar de forzar la cerradura de una de las puertas traseras que daban al patio. El plan era simple: forzamos la cerradura, nos colamos en la casa, buscamos la puerta principal, la abrimos y salimos a la calle como si no hubiera pasado nada.

Shine y Jay, por su parte, fueron al lado contrario del patio dónde había una tapia directamente conectada con la calle.

No era un muro demasiado alto, así que su plan, era a primera vista más sencillo y, sobre todo, mucho menos delictivo.

El problema es que el dueño de la finca había compensado la baja estatura de la pared con una generosa espiral de alambre de espino en su borde superior.

Supongo que pensó que de esa manera, los malvados visitantes nocturnos se lo pensarían dos veces antes de invadir la propiedad. Pero... ¡Y qué pasa con los malvados visitantes nocturnos que prentenden salir de la propiedad! ¿eh? ¿Qué pasa con ellos?

Así las cosas, mientras nosotros tratábamos de forzar la cerradura de una de las casas del edificio (que, por cierto, estaba habitada, porque por las ventanitas de la puerta se veía la luz encendida en el salón) pudimos disfrutar de un sonoro concierto de "Ays" "Fucks" a cargo de Shine y Jay.

Para cuando se hartaron de recibir cortes, Graison Andrea y yo ya habíamos ideado un método para abrir la puerta.

El resto fue rápido y silencioso. Cuatro tíos armados hasta los dientes con litronas y una chica bastante mona, cruzaron como alma que lleva el diablo por el pasillo que había justo detrás de la puerta, giraron a la derecha, encontraron otra puerta que, esta vez sí, decidió abrirse sin plantear resistencia, y escaparon hacia la calle.

¡Libres otra vez!

Ya en la calle, me acerqué a Jay para preguntarle cómo se encontraba después del combate contra el alambre de espino. No dijo nada. En su lugar me enseñó su brazo lleno de cortes sangrantes.

Sin embargo, parecía orgulloso y me confesó, que todo este lío no había sido tan grave. Especialmente si teníamos en cuenta que estábamos en Nueva York.

Entonces me acordé de la historia que él y Graison me habían contado de camino hacia la fiesta del tejado. Ésa en la que un mexicano les apuntaba con una pistola a la cabeza.

¡Bendita ciudad!

Como últimamente todo el mundo me pide que escriba de encargo, seguramente publicaré también la crónica de la fiesta del tercer aniversario del Luna Azul. A la que asistí con pase de prensa incluido.

Después, trataré de retomar mis temas habituales. Que tampoco es cuestión de aburriros a todas horas contándos lo fantástica y maravillosa que es mi vida ¿No?

Viaje astral (III y fin)

Me fijo en Anetor, un negro alto y grande que grita enfurecido mientras sostiene su Kalashnikov apuntado hacia el suelo.

Grita con energía encaramado a un montículo desde el que se domina un secarral africano. Y lo hace en uno de esos idiomas rítmicos que suenan a magia, a tambor de piel. Es incomprensible.

Sin embargo, los negros circundantes que escuchan a Anetor mientras abarrotan las cercanías del montículo le comprenden perfectamente.

Yo, súbitamente transformado en negro circundante, no soy una excepción.

Lo que Anetor quiere es lo que cualuier orador provisto de un AK47 desearía: Anetor quiere derrocar al gobierno.

Reclama las vidas de su público para acabar con la tiranía, para que cesen las violaciones y la explotación, para reclamar sus derechos...

Lo que Anetor quiere es imponer una nueva tiranía. Su propia tiranía. Y la expresiones en las caras de su público anuncian que, probablemente, lo conseguirá.

Manolo, por su parte, espera en la conserjería del hotel. No podrá marcharse hasta que yo le releve. Y empieza a impacientarse.

Yo, sigo caminando hacia el hotel.

Pero Anetor ha empezado a aburrirme y llegan a mi nariz los primeros aromas de la selva.

Una selva daltónica que confunde las diferentes tonalidades de verde. Una selva húmeda, tan húmeda que a Solomon Weizs le cuesta respirar.

Pero le da igual: es la primera vez que lleva a cabo una investigación de campo, tras quince años encerrado en su departamento de filología de la universidad de Tel-Aviv; y acaba de encontrar lo que buscaba.

Ha sorprendido entre la maleza a K´wm, un diminuto aborigen con el pelo teñido de verde y un taparrabos naranja. Es inconfundible: K´wm es un miembro de la tribu K´l. Una etnia de indígenas que ha permanecido aislada desde principios del siglo XX; cuando Lord James Mc Borough se acercó a esas latitudes para tomar el té.

Además de tomar el té, Lord James Mc Borough, se entretuvo en cartografiar la zona y estudiar el lenguaje de los nativos. Entre ellos los K´l.

La geografía resultó ser muy normal: "Una selva: un sitio repleto de árboles" Mientras que en el estudio de los idiomas Lord Mc Borough realizó un descubrimiento singular.

¡El idioma de los K´l carecía de vocales! ¡Lord Mc Borough había descubierto el único grupo de seres humanos en todo el planeta que era incapaz de pronunciar sonidos vocálicos!

Un descubrimiento ejemplar, extraordinario, sorprendente... Tan valioso que sólo hubo que esperar 87 años hasta que Solomon Weizs decidió volver para comprobarlo.

Ahora K´wm y Solomon se miran expectantes. Y durante unos segundos ninguno de los dos se atreve a decir ni hacer nada.

Instantes más tarde K´wm, el más asustado de los dos, hecha a correr tembloroso. Está despistado, sorprendido y atemorizado ante lo que se le antoja una aparición fantasmagórica, y que en realidad es sólo Solomon.

En su huida tropieza y cae sobre una piedra. El golpe es fuerte y no puede reprimir un aullido de dolor: "¡Ay!"

Solomon se echa a reir, se desternilla, carcajea, se monda...

Justo al revés que Manolo, quién aún espera mi llegada, cada vez más enfadado. Su hija se casa mañana y debe ir a recogerla al aeropuerto; pero no puede porque yo llego tarde al trabajo.

Acelero el paso y sigo caminando. Ya falta poco.

Y empiezo a darme cuenta que posser la mente y los pensamientos de millones de personas, que poder introducirme en la mente de cuanto ser humano se me antoje; no es tan buena idea como pudiera parecer.

Pintan bastos. Y Shin Tzu espera al borde de un anden de metro en Tokio. El Shinkansen, llegará puntual.

Shin Tzu es guapa. Posee una belleza turbadora y somnolienta, completamente asiática. Pero esta deprimida, muy deprimida.

Esta misma mañana la han despedido del trabajo, y eso es duro para cualquier japonés.

Además, su padre murió hace unas semanas y ahora está sola en el mundo. Aún peor, está sola en Tokio.

Me hace sentir deprimido, solitario. De repente, comienzo a pensar que me van a despedir del trabajo al que intento llegar.

Shin Tzu piensa que el mundo es horrible. Y me obliga a identificarme con ella. Su nausea es tan pura que me provoca lágrimas.

Shin Tzu sabe que el Shinkansen llegará puntual, siempre lo hace.

Shin Tzu no tiene ganas de seguir adelante, consigue que las mías se agoten.

Shin Tzu llora, y a mi me embarga la tristeza.

Shin Tzu está a punto de saltar a la vía del tren bala, y a mi se me cruza una idea por la cabeza: "Si lo hace, si Shin Tzu se suicida... quizá yo muera a la vez"

La idea se convierte en certeza, y me invade la angustia. Pero ya he abierto la puerta del hotel.

Necesito un motivo para regresar a la realidad. Un motivo para abandonar la depresiva mente de Shin Tzu, y sumergirme de nuevo en mi realidad, en mis propias depresiones.

El tren bala entra en la estación, superando las tinieblas del túnel. Llega puntual, siempre lo hace.

Acabo de entrar en el hotel y subo las escaleras de la entrada, estoy a punto de llegar a mi puesto de trabajo. Pero mi alma se precipita junto a Shin Tzu en el filo de un anden de Tokio.

Necesito una escapatoria, una salida, una excusa, un asidero desde el cual retornar a la realidad, y desembarazarme de la suicida japonesa que ha tomado por asalto mi pensamiento.

Y entonces le oigo, una vez fuerte y enojada, que dice:

- ¡Joder ya era hora de que llegases!

Manolo acaba de salvarme la vida.

Viaje astral (II)

Y siempre empieza igual, con un murmullo confuso e ininteligible.

No sabría decir si se trata de una colada de lava burbujeante, o el chisporroteo ansioso de una lata de cerveza; justo antes de abrirse por completo.

Pero está vivo, muy vivo. Y aumenta su volumen.

Ahora el ruido aúlla, ruge, grita como un recién nacido. El tigre de Leonor quiere salir de su jaula y empezar a morder tibias.

No puedo detenerme ahora, estoy en medio del tráfico. Sigo caminando: catorce, quince...

Llegan las imágenes, los olores.

Grandes edificios neoyorquinos que huelen a higiene industrial y a humo. Un desierto de arena rojiza, que no huele a nada. Una sucesión de selvas húmedas que huelen a todo...

Toca girar a la derecha. Llego tarde y no me puedo detener ni un instante. Sigue caminando, Dadá, sigue caminando: dieciseis, diecisiete, dieciocho...

¡Llena de gente! Tengo la cabeza poblada por aquellos que habitan en las ciudades, las selvas y los desiertos que me ocupan la imaginación.

Millones de personas que gritan o susurran, cada uno en su idioma. Les entiendo a todos, les comprendo a todos... y estoy a punto de perder la cordura a causa de este gigantesco galimatías.

Siento ganas de huir. Se me ocurre que quizá pueda correr más rápido que mi pensamiento como hacen los aviones con la barrera del sonido. Dejar todo este lío atrás.

Pero sólo consigo seguir caminando: diecinueve y ¡Veinte!

Todos callan. Bueno, siguen hablando, pero en silencio y eso me tranquiliza un poco. Las ciudades persisten amalgamadas con el desierto rojo y las junglas asiáticas.

Acaban de aparecer los primeros matices de un salar argentino, y en medio de las torres Petronas crece un iceberg que me promete el ártico.

El mundo se ha desordenado en mi cabeza, un mundo abarrotado de gente que grita sin hacer ruido.

Estoy en todas partes a la vez, y les escucho a todos al mismo tiempo. ¡Seis mil millones de personas discuten sus asuntos en mi oído interno!

Así que ahora puedo elegir...

Viaje astral (I)

No es necesario que, como hoy, la luna sea tan extraña.

Tan irreal, que gasto varios minutos buscando, sin éxito, la luna de verdad, la de toda la vida. Al final, termino por convencerme de que el planeta no tiene hoy su habitual satélite blanco y redondo, si no un gajo de mandarina suspendido sobre el cielo negro de Madrid.

Pero, como digo, esto es innecesario, prescindible, accesorio.

Como lo son las lucecitas moradas que el ayuntamiento ha puesto en la ribera del Manzanares, para darle un aspecto aún más patético.

Tampoco tiene ninguna importancia que mientras cruzo el puente de Segovia camino del trabajo, sobre el río-puticlub y bajo la Luna-mandarina; una chica preocupantemente bajita y dos amigos suyos, de mediana estatura, caminen hacia el lugar en el que me gustaría estar: cualquiera que no sea este.

Ni siquiera la voz susurrante de Leonor Waitling tiene importancia en estos momentos.

Leonor dice que soy un tigre. Uno de esos tigres desafortunados a los que atraparon en un zoo. Un tigre que ya ni siquiera se molesta en pasear en círculos dentro de su jaula; uno de esos tigres que se sabe vigilado, que mira a los turistas que le observan, aprieta los dientes y piensa "En la jungla no habría barrotes ¡Hijos de puta!"

Lo siento Leonor, pero esta noche tú y tus tigres sois prescindibles.

Ninguna de estas cosas tienen importancia, porque lo que me va a suceder dentro de veinte pasos ya me ha ocurrido antes.

Cuando tú no cantabas, cuando la luna era blanca y redonda, cuando aún no conocía a ninguna chica preocupantemente bajita, mucho antes de que el ayuntamiento pensase siquiera en poner lucecitas en el Manzanares.

Antes incluso de que empezase a trabajar en el turno de noche.

Lo que está a punto de pasarme, me ha ocurrido ya cientos de veces.

Tempus Fugit

Tengo un amigo que últimamente me tienta con el asunto de las películas diciéndome que yo sería un buen guionista.

Como, además, me lo suele decir cuando estoy borracho, pues me dejo querer; y últimamente me ha dado por matar el tiempo que paso en el autobús imaginando escenas y argumentos.

Ayer, sin ir más lejos, me tomé un descanso y escribí esta pequeña historia, que no es cine, pero tampoco narrativa.

Pasamos unos segundos observando una sala repleta de de estanterías en las que descansan centenares de libros junto a una amplia y desordenada colección de objetos curiosos: un astrolabio y un telescopio, unos cuantos botes de pintura y líquidos olorosos, algunas herramientas usadas. Hay también papeles sueltos que prácticamente flotan al borde de los estantes.

De hecho, uno de ellos está tan al borde que se cae de repente. Desciende describiendo una frágil espiral a través del espeso aire que llena la estancia.

Justo cuando toca el suelo un hombre, a quien la mesa que domina la habitación ha estado esperando, cruza la sala y lo recoge del suelo.

Tras observarlo un instante lo guarda en el bolsillo de su chaqueta y fija su atención en una planta de las muchas que adornan la habitación.

Las hay grandes y pequeñas, con flores y sin ellas, jóvenes y viejas. En conjunto proporcionan un ambiente de quimérica exhuberancia.

Pero la que le interesa en estos momentos es tan solo una maraña de zarcillos verdes, que aún pugnan por emerger desde la tierra.

La mira, y agarra uno de los brotes. Tira hacia arriba de él y ... ¡Plas! Arranca el tallo sin querer. Con el brote aún en la mano farfulla:

¡Está bien! ¡Tendrás que crecer sola!

Después se sienta en la mesa. Ahora sólo podemos ver su espalda que se mueve; pero poco. Como si escribiese.

Y sí, definitivamente está escribiendo porque en seguida empieza a coger más folios de uno de los cajones de la mesa, y a consultar algún libro que estaba sobre el tablero del escritorio.

Los que deshecha, caen arrugados alrededor de la mesa y parecen estar llenos de símbolos matemáticos y extraños dibujos puntiagudos.

Justo ahora, comienza nuestro baile.

La mesa y su ocupante están justo en el centro de la habitación, suficientemente cerca de las estanterías con libros, y suficientemente lejos de las ventanas por las que se cuela la luz.

Ventanas viejas, claro, ventanas que se pueden abrir de par en par.

Lentamente giramos a su alrededor, muy lentamente pues este baile no es salsa, si no tango.

A medida que giramos, observamos como el hombre sigue trabajando sin parar. Llenando la mesa de nuevos papeles, escribiendo frenéticamente, creando columnas de libros sobre la mesa... Cada vez más despeinado y ya sin chaqueta, sigue trabajando y ocasionalmente se levanta para consultar algún libro en las estanterías, aunque en seguida se vuelve a sentar. Le va creciendo la barba.

Seguimos girando en un baile sin más música que el TIC TAC de un relog de pared que ahora ya podemos ver.

La luz que atraviesa las ventanas varía todo el tiempo, como de amaneceres y atardeceres continuados. A veces tan oscura que le obliga a encender un par de velas, como de noche cerrada.

Seguimos girando y seguimos escuchando TIC-TAC TIC-TAC TIC-TAC...

Las plantas crecen acompañando a los cambios de luz. Las que antes tenían flores se pudren rápidamente, las demás florecen.

TIC-TAC el tiempo pasa TIC-TAC

Entonces cuando nuestro giro alrededor de la mesa nos ha situado justo enfrente del hombre que la ocupa, nos detenemos a observar su rostro.

Le hemos pillado desprevenido y nos mira fíjamente, con una luz blanca y poderosa impactando en su rostro.

El último TAC, ya no obtiene la respuesta de un TIC.

Despeinado, barbudo, con los ojos rojos y cansados su expresión permanece seria y denota concentración.

Entonces levanta la mirada, y sonríe un instante.

Lo ha conseguido, y proclama orgulloso su triunfo:

¡El tiempo no existe!

Sólo ha tardado tres minutos en darse cuenta.

Lo peor de todo es que cuanto más lo leo, menos me gusta.
¡Mierda!

Por fin el fin.

Solamente uno de los robots flotaba aún en la charca espesa y gris que envolvía al asteroide. Era un retraso imperdonable. Sus compañeros habían terminado hacía rato y se habían retirado ordenadamente hacia el interior de la nave.

Que uno de ellos demorase la tarea era inaudito. Los robots no hacían esas cosas; simplemente hacían su trabajo y procuraban acabarlo en un tiempo preestablecido. Éste, sin embargo, había recibido una misión singular que, por supuesto, no estaba incluida en el programa original.

Así, algo rezagado, el pequeño robot se afanaba en aplicar sus calibres en el líquido sobre el que flotaba. Aquí y allá navegaba desplegando pequeños bastones metálicos con los que saboreaba el supuesto mercurio. Emitía, también, constantes zumbidos que delataban según su tonalidad cada uno de los instrumentos invisibles que poseía. Ahora un sónar, luego un espectrógrafo de masas, después el típico ruidito del ionizador de Jensen...

Como no tenía ni idea de qué podía ser aquel limo amarillento que se empeñaba en rodear a los objetos que se le acercaban, Johnny, había ordenado al robot-calibre que realizase todas las pruebas disponibles.

Mientras tanto, esperaba ansioso las conclusiones del análisis; hundido hasta las rodillas en el océano que su robot trataba de explorar y cada vez más intrigado por la mancha amarilla que rodeaba sus piernas.

Y entonces el sistema de comunicaciones incorporado a su traje de exploración espacial, rompió su silencio y dijo:

¡TIP! ¡TIP TIP! ¡TIIIP!

- ¿Sí? Habla John B. God destacado en misión de exploración al asteroide H2593-15?RIT3

- Me alegro de oirle Sr B. God. Habla usted con el sistema de seguimiento operativo de la compañía. Verá, estamos interesados en conocer el estado de su misión. Si los datos son correctos debería haber emprendido el regreso hace 10 minutos. ¿Ha tenido algún percance?

- No, no... Estoy bien... es que... Bueno, he ordenado unas pruebas adicionales.

- Pruebas adicionales. Bien, si no es molestia, Sr B. God ¿Tendría a bien informarnos del objetivo de esas pruebas adicionales?

Aquella pregunta puso sobre aviso a Johnny. Estaba hablando con un ordenador de la compañía, y aunque ninguna computadora estaba programada para resultar ofensiva, sí que podían ser lo suficientemente educadas como para parecer amenazantes.

- Eh... Bueno... Es que todo ha resultado normal por aquí. Todo es como me avisarón que sería; todo excepto una mancha amarilla que me resulta extraña.

- Una mancha.

- Sí, es una mancha amarilla que se pega a las cosas...

- Ya. Y usted creyó que merecía un análisis ¿verdad?

- Pues... pues sí.

- Bien Sr B. God. Acabe sus pruebas ya que las ha empezado y después regrese con su nave. No se retrase, por favor, seguramente recuerda el epígrafe 25-D del manual de vuelo estelar referente a los peligros de incumplir el programa de vuelo.

- Sí, claro que lo recuerdo. No se preocupe.

- Muy bien, le deseo un agradable viaje de vuelta.

¡TIP! ¡TIP TIP! ¡TIIIP!

Por supuesto, Johnny, no tenía ni idea de lo que decía el epígrafe 25-D y en realidad no hacía ninguna falta. Si le habían enviado a realizar un trabajo que debía durar varias horas ¿Qué podían importar 10 minutos de más? Los peligros, de existir, serían peligros administrativos o burocráticos.

En cualquier caso, Johnny, esperó un rato más hasta que todos los análisis concluyeron pudo acompañar a su robot al interior de la nave. Tras el despegue, y con su nave situada en un cómodo pasillo espacial que marcaba la ruta de regreso, Johnny pudo tomarse un descanso.

La conversación con la computadora de la compañía le había enfadado bastante pues presumía (no sin motivo) que a su vuelta encontraría una sustanciosa multa esperándole.

A pesar de ello, o quizá por ello, tuvo ganas de hechar un vistazo a las dichosas pruebas adicionales. El informe de resultados estaba escrito en caracteres impersonales, y decía así:

COMPROBACIÓN TOMOGRÁFICA: NEGATIVA

VOLUMEN: 0

SUPERFICIE: ERROR 500

DENSIDAD: 0

ESPECTROGRAFÍA DE MASAS: BANDA DE COLOR NULA.

ÍNDICE DE IONIZACIÓN: 0%

¡Nada! ¿Nada? Johnny no podía creerlo. ¡Allí no había nada! ¡Absolutamente nada! Había incumplido el plan de vuelo y se había arriesgado a recibir una multa por algo que sencillamente no existía.

No tenía volumen, ni densidad, su espectro atómico estaba vacío por completo. La jodida mancha amarilla no había reaccionado al sónar, ni a los impulsos eléctricos. Y la única prueba que no había resultado negativa era la medición de la superficie; cuyo resultado era "ERROR 500"

Si algo no tiene superficie, ni densidad, ni átomos , ni nada de nada es que no existe. Se había arriesgado para analizar lo que, a todas luces, no era más que una ilusión óptica.

Enfadado y decepcionado, ni siquiera se percató del detalle más sorprendente del análisis: ¿Cómo estaba tan seguro aquel robot de que todos los resultados eran nulos? ¿Por qué cero? ¡Y vaya cero! No era un "cero más menos 2" era un cero total y absoluto en todos los resultados.

En realidad, era tan difícil para su robot detectar y medir un objeto de superficie infinita, como considerar una muestra que sólo posee superficie. No se puede medir, lo que no se quiere medir.

Para el robot sólo había una explicación lógica en la que catalogar sus resultados:

ERROR 500

Resultado incompatible con los supuestos básicos de las ciencias físicas. La medición falló debido a algún agente externo desconocido.

Pero Johnny, acostumbrado a vivir entre computadoras, robots y máquinas de todo tipo; acostumbrado incluso a recibir órdenes de ellos, ni siquiera se planteó que sus débiles e imperfectos ojos pudieran ser más eficaces que el sofisticado robot-calibre.

La mancha amarilla no existía, no tenía derecho a existir.

Y sin embargo, allí estaba. Sin aglomeraciones, y sin formar los círculos que habían sorprendido a Johnny los pequeños puntitos que la componían se dispersaban sobre la superficie del asteroide, tras haber presenciado el mayor espectáculo que verían en sus vidas.

La mayoría regresaba a sus hogares emocionados y sin haber abandonado aún el éxtasis colectivo del que habían participado. Por todas partes se reunían pequeños grupos para hablar de lo que habían sentido ante aquella extraña presencia. Porque, seguro, durante muchos muchos días ya nadie podría hablar de otra cosa.

Como siempre en estos casos, había tantas opiniones como opinadores. Aquellos que formaban parte de alguna confesión religiosa parecían tener bastante claro que habían visto a Dios; y por supuesto aseguraban que era el suyo propio. Los que antes habían sido agnósticos, se veían ahora imbuidos de una creciente fe, que insinuaba el comienzo de nuevas doctrinas religiosas.

Los que habían sido ateos estaban escondidos en sus casas; esperando que alguien provisto de una explicación plausible les rescatase. Y ese alguien era Ik. El único que había intuido la verdad de lo ocurrido, el único que podía explicar lo sucedido sin recurrir a la magia, las divinidades o la superstición. En el fondo, en aquel temprano instante, justo después de que el dios de los páramos se hubiera retirado, todos sabían que de existir alguna opinión crítica, sería la suya.

Cuando, días después, Ik anunció que tenía una explicación a lo ocurrido y que la daría a conocer en público la expectación fue enorme. Daba la impresión de que todos los que se habían reunido para contemplar al dios de los páramos, volvieron ha hacerlo para escuchar a Ik.

Inició su discurso de manera ilusionante: "Señores, hace unos dias todos pudimos asistir a un suceso extraordinario. Un suceso que tiene una explicación maravillosa."

Y continuó un buen rato haciendo las delicias de su público, con algunas metáforas afortunadas que explicaban los detalles de sus ideas matemáticas, algún chiste calculado que resultó efectivo, e incluso algunos ejemplos prácticos que debían preparar al público para entender mejor las sutilezas del mundo tridimensional.

Casi podía leer su triunfo en las expresiones que veía a su alrededor. Por supuesto, no creía posible convencer a todos. Los fanáticos seguirían confiando en sus dioses igual que lo habían hecho siempre, pero muchos comprenderían su teoría y juzgarían que era la explicación más sencilla.

Sin embargo, cuando explicó su argumento central se escuchó un murmullo desaprobador entre el público. Uno de esos murmullos que no es un "shhh" ni un "ohhh" si no más bien un "einn" La tercera dimensión era demasiado exótica. Una hipótesis demasiado extravagante y abstracta como para resultar creíble, aunque fuese cierta.

Hasta el final, Ik, no percibió mas que un ambiente respetuoso pero carente de afecto. Y cuando por fin acabó de exponer sus ejemplos y de describir su teoría la audiencia premió su discurso con un aterrador silencio que duró hasta que alguien tuvo el valor de gritar:

¡No es posible!

A Ik se le heló el corazón. Incapaz de aceptar su fracaso se dirigió de inmediato hacia esa persona. Caminó todo lo rápido que pudo hasta situarse junto a él. Sabía que su credibilidad estaba en juego, pues si no era capaz de convencer a aquel inoportuno crítico nadie creería su teoría.

Pero primero tenía que cerciorarse de quién era exactamente su oponente, así que comenzó a girar a su alrededor mientras éste seguía hablando en su contra.

"Su explicación es absurda"

Con la primera vuelta, Ik descubrió que su adversario tenía 23 vértices.

"Es tan extraña y mística como los discursos de los sacerdotes. ¿Por qué hemos de creerle y aceptar que no existe Dios si para ello necesita argumentos como los de los religiosos?"

Ahora Ik pudo advertir las longitudes de sus aristas, y le resultaron familiares.

"¿Sabe lo que creo Señor Ik? Creo que usted no tiene ni idea de lo que ha sucedido, pero se niega a aceptarlo. Y pretende engañarnos con una explicación tan compleja que nadie puede comprender"

Cuando consiguió apreciar su convexidad y algunos matrices de su simetría Ik reconoció sin lugar a dudas la identidad de su enemigo, y casi con lágrimas en los ojos se dio cuenta de que contra él no podría discutir.

El que protestaba era, ni más ni menos, que su alumno Tir.

De todas las personas que había en el mundo, era Tir en quién más esperanzas había depositado. Había dado por supuesto, que sería su primer aliado en la discusión.

Tir, su querido Tir, había aprendido muchas de sus teorías y descubrimientos casi al mismo tiempo en que eran desarrollados. Había podido comprobar, incluso, la existencia de la tercera dimensión durante su viaje a los páramos. Y ahora Ik no podía creer lo que escuchaba en palabras de quién creía que sería su más firme aliado.

Desilusionado, olvidó la respuesta que había ideado solo unos segundos antes. Y se quedó callado sin saber qué hacer mientras Tir seguía gritando con furia en contra de su maestro.

Nunca, en todos estos años, había advertido Ik la fuerza que latía en el interior de su alumno preferido. Tir que conocía al detalle sus teorías, que le había apoyado en sus guerras dialécticas contra los místicos. Tir, al que él mismo le había enseñado las piezas fundamentales de su filosofía.Era Tir quién ahora se rebelaba contra él.

Era, también, el mismo Tir que ocultó a su maestro sus íntimos deseos de conocer a un Dios y no a un extraño experimento antes de partir hacia los páramos.

Pero esto Ik no lo había imaginado nunca, seguro como estaba de contar con un aliado convencido... con un amigo. Por eso la repentina actitud de su pupilo se le antojó una traición en toda regla. Por eso no opuso resistencia, ni trató de contrarrestar sus afirmaciones.

Por eso, ambos coincidieron por última vez pronunciando dos intenciones en una misma frase, cuando gritaron al unísono:

"¡No puede ser!"

Johnny B. God. Parte cuarta.

Hasta donde alcanzaba su memoria, Ik, no recordaba una multitud semejante. Las normas más elementales de cortesía prohibían tales proximidades.

Por supuesto, el protocolo no carecía de cierto sentido práctico: sin guardar las distancias adecuadas resultaba imposible rodear a los demás... ¿Y cómo reconocer a alguien sin poder girar a su alrededor apreciando su geometría?

En condiciones normales cualquiera hubiese rehusado participar de aquella concentración, pero esta vez era diferente: el dios al que todos habían venido a ver estaba allí; en el centro mismo de aquella sorprendente aglomeración. Y en un mundo plano como el suyo, las únicas cosas que podían ser vistas eran las que estaban en frente, sin molestos perfiles interpuestos.

Era necesario, por tanto, sumergirse en aquel guirigay de presuntos desconocidos. Y había que llegar, además, hasta el final; hasta que entre el supuesto dios y él no hubiese nadie más. Aquella necesidad justificaba por sí sola el largo viaje desde Narade; tenía que adentrarse en el gentío.

Fue Tir quién tomó la iniciativa. La conversación anterior, en la que Ik le había hablado de esa esotérica tercera dimensión había acabado de excitar su imaginación; y a diferencia de su maestro él sí esperaba encontrar a Dios. Un extraño fenómeno físico, una explicación plausible le habrían decepcionado tanto como hubieran complacido a Ik.

Tomó aire y se lanzó violentamente contra la gran masa de polígonos que tenía en frente. Confiado en la fuerza de su impulso inicial Tir desapareció entre los cientos de vértices y segmentos que, como él, pugnaban por llegar hasta el dios.

Ik, por su parte, fue más cauto. Lento y metódico su estrategia se componía de pequeños giros y tímidos avances entre el gentío. A veces se detenía esperando un movimiento casual de quiénes lo rodeaban... lo justo para que un pequeño trecho de espacio quedase libre para poder colarse por él.

Lento pero seguro, nunca daba un paso atrás. Cuanto más avanzaba, más le costaba mantener la calma. La presión de verse completamente rodeado de virtuales desconocidos (quizá alguno fuese Tir, pero ¿cómo saberlo?) y el brutal ruido de sus cánticos y salmos le producía un profundo malestar. Un sentimiento de asfixia y ansiedad que se asemejaba mucho al extásis del que hablaban los sacerdotes.

Por fin, la insoportable presión que la masa ejercía por todas partes se redujo sólo a los empujones que recibía de quiénes estaban detrás.

Frente a él, quedó sólo un espacio vacío; en el que yacía una larguísima línea azul, salpicada de puntos rojos. ¿Era eso lo que habían venido a ver?

No, un momento... ¡Ya no eran rojos si no grises! ¡Y la línea antes larguísima, se volvía cada vez más corta! De hecho, ya ni siquiera era azul, era roja... y los puntos habían desaparecido.

Por un momento le parecía apreciar signos que delataban la convexidad del conjunto que tenía en frente, pero tan sólo un instante después su aspecto era inequívocamente cóncavo.

Además, su longitud había dejado de menguar, y por se mantenía estable. Pero de repente, la asombrosa raya que marcaba el horizonte se partió en dos segmentos que volvieron a juntarse. Permitiendo a Ik divisar, por un momento, a los polígonos que como él observaban el espectáculo desde el otro lado.

Aquello era insólito. El ser que tenía delante mudaba su geometría constantemente, y lo hacía a una increíble velocidad. Parecía reunir en sí mismo todas las características fisiológicas posibles. Era al mismo tiempo todos los seres cóncavos, y todos los convexos. Tenía todos los tamaños posibles. Sus vértices aparecían y desaparecían; y si ahora se multiplicaban... unos segundos después su número se reducía casi a cero. Y los colores que mostraba variaban a lo largo de una gama que parecía no tener fin.

Su dinamismo geométrico hacía imposible reconocerlo por completo. A veces, se podían contar hasta 23 vértices que a Ik le recordaban al perfil de su alumno. Pero en seguida esos mismos 23 vértices se transformaban en 15, y entonces dejaba de ser Tir para parecerse a Ur, el alcalde de Narade. Lo mismo sucedía con su perímetro, su concavidad... Daba la impresión de que todos los conocidos de Ik estaban representados en la forma cambiante de aquel ser, incluido él mismo. Y, sin embargo, los cambios de color no correspondían a ninguno de ellos.

Era un ser vivo, de eso no tenía dudas... Pero un ser imposible y posible al mismo tiempo.

Ik contemplaba sus extrañas evoluciones geométricas sin la más mínima oportunidad de recurrir a su ciencia. Su mente se había silenciado, ocupada por completo de absorber todos los detalles. Por un momento olvidó dónde estaba, y creyó que nada más existía en el universo. Sólo él y aquella metamorfosis constante.

Aturdido y absorto a partes iguales, abrumado por la interminable sucesión de himnos y jaculatorias que se gritaban a su alrededor... la imaginación del gran científico despertó y se apoderó de su mente.

Sintió que su cuerpo se elevaba... y quedó aterrorizado. Pues para un ser plano, la sensación de volumen o ascenso eran inimaginables. Algo que sólo había intuido como resultado de largas operaciones matemáticas, pero esta vez era diferente: realmente las sentía.

Se vio a sí mismo, como un mero dibujo sobre un plano, mientras un abismo de espacio inexplorado se desplegaba en todas direcciones. Sintió que su mente lo transportaba hacia una vasta región desconocida... la misma a la que, hacía sólo unos minutos, había negado su existencia real: la tercera dimensión le ofrecía sus misterios.

El choque con lo fantástico, con lo inimaginable le brindaba una oportunidad única; por primera vez en la historia un representante de su raza estaba consiguiendo dar el gran paso y sobrepasar los límites de su ínfimo mundo bidimensional... Ahora Ik, sentía la tercera dimensión, en lugar de sólo saberla posible.

En sus investigaciónes, había llegado mucho más allá de lo que se había atrevido a confesar a Tir. Había supuesto la existencia de objetos tridimensionales, pero estos eran siempre lisos, regulares, tan perfectos y definidos e inmóviles como lo exigían sus ecuaciones. Pero ahora, frente a la línea que llamaban Dios, se sentía inmerso en un trance tan místico como racional. Y su comprensión del universo rozaba los límites de sus posibilidades.

Comprendió sus errores, ¿Por qué todos aquellos objetos tridimensionales que imaginaba, debían ser perfectos? Ahora que la nueva dimensión era algo más que una hipótesis, todo lo que había supuesto liso y regular le parecían rugosidades y caprichos. Todo lo que había creído abstracciones matemáticas podrían resultar seres tan vivos como él. ¿Por qué no podría haber vida en la tercera dimensión?

Sus matemáticas le habían desvelado muchos secretos. Las extrañas esferas, que daban forma al universo, se veían como circunferencias en su mundo plano. No eran más (así lo decían las ecuaciones) que la intersección de un objeto tridimensional con un plano, su plano. De hecho, según había podido calcular, cualquier esfera que entrase en contacto con un plano dibujaría en él una circunferencia, sin importar cómo se produjera el encuentro.

Lo mismo sucedía con el resto de objetos tridimensionales que había imaginado. Aparecían así líneas, segmentos, puntos y curvas; que desde su limitado punto de vista bidimensional, no eran si no los puntos de contacto entre el objeto de tres dimensiones y el plano en que vivía.

Su teoría, abstracta y esotérica había funcionado bien hasta entonces... pero contenía un error crucial. Un error que la aparición del dios de los páramos le estaba revelando: ¡Si había seres vivos más allá de las dos dimensiones que conocía es seguro que podrían moverse!

Entonces lo comprendió todo. Cuando una esfera, o cualquier otro objeto, chocaba con su mundo él podía apreciarlo porque veía una circunferencia, o cualquier otra impresión. Pero si el objeto estaba vivo no se produciría un choque estático si no que su mundo sería atravesado por esa vida tridimensional, y entonces... Entonces en cada instante del camino, ofrecería un aspecto distinto para un observador que viviese recluido en el plano.

Imaginó de nuevo su esfera (con la que tras innumerables horas de estudio había llegado a resultarle más familiar de lo que sospechaba) ya no era un cuerpo inmóvil si no que se desplazaba por la vasta extensión de la tercera dimensión. Recluido en su mundo de derechas e izquierdas, delantes y detrases; asistía al acontecimiento sin poder observarlo en su totalidad.

Primero, la esfera se acercaba lentamente al plano en el que vivía. Pero él todavía no era capaz de verla. Después, esfera y plano se chocaban casi imperceptiblemente... y antes sus ojos aparecía un diminuto punto. Luego, se penetraban aún más, y empezaba a dibujarse un fino segmento que crecía más y más. Si le daba tiempo a rodearlo, descubriría una circunferencia perfecta, cada vez más grande.

Cuando la esfera hubiera avanzado lo suficiente, el plano la cortaría en dos mitades iguales. Y a partir de ese momento, la circunferencia que Ik podía observar comenzaba a menguar, ahora cada vez más pequeña.

Por fin, cuando la esfera había atravesado completamente su mundo, su rastro bidimensional volvía a ser un punto, justo antes desaparecer completamente, ya no era nada... al menos para él.

En conjunto, observó, habría asistido a un fenómeno espectacular: una circunferencia cuyo tamaño variaba a través del tiempo. Primero creciendo, y más tarde menguando.

Si alguna vez hubiera podido observar tal cosa, habría sido sin duda un suceso espectacular. Ahora, sin embargo, le habría decepcionado pues ante él se alzaba majestuoso un acontecimiento mucho mayor: un ser tridimensional muchísimo más complejo estaba atravesando su mundo.

Los cambios de color, las longitudes que crecían y decrecían, sus instantes de concavidad rectificados por períodos convexos...todas sus sorprendentes variaciones tenían ahora una explicación, clara y lógica: eran sólo las impresiones momentáneas que un ser vivo producía en su mundo plano, al atravesarlo. Un ser vivo de otra dimensión, que debía moverse a gran velocidad, y que seguro, era infinitamente más irregular y complejo que sus queridas esferas.

Pero poco le importaba ya qué forma tuviese, o la naturaleza de su movimiento. El secreto le había sido desvelado, no se trataba de un ser omnipotente, ni de un milágro; asistían sólo a un maravilloso espectáculo procedente de otra dimensión. Un efecto inesperado de un suceso físico, que tenía lugar en un mundo diferente al suyo.

Un mundo geométrico que reclamaba así su existencia más allá de la categoría de "abstracción" o "delirio matemático" que hasta ahora le había otorgado, un mundo que vivía en tres dimensiones y compartía con ellos solamente dos... Pero sobre todo, un mundo que podía ser comprendido desde la ciencia, desde el estudio. Y más importante aún, sin necesidad de recurrir a la superstición, a la magia que todo lo explica.

Ik se sentía vencedor en una guerra que ni siquiera había sido declarada aún. Ahora podía retirarse a ultimar los detalles, aguarles la fiesta a los supersticiosos magos y sacerdotes. Proclamar su victoria al mundo entero.

No podía imaginar cuán dura, rápida e inesperada sería su derrota.

Johnny B. God. Tercera parte.

No le gustaba nada viajar, pero había llegado a resignarse.
Siempre había alguna ciudad con problemas o algún campo de cultivo fractal que había escapado al control de su dueño.
Casi siempre bobadas. Naderías que cualquiera con un poco de sentido común podría solucionar. Pero naderías que requerían su atención; pues a diferencia de magos sacerdotes y embaucadores, sus remedios funcionaban.
Así, cuando una ciudad quería organizar un nuevo asentamiento, cuando una cosecha perdía su correcto orden fractal y empezaba a crecer caóticamente, cuando alguien padecía alguna enfermedad o había perdido un vértice… siempre recurrían a él.
Arquitecto, médico, geómetra y filósofo, Ik casi siempre encontraba una solución para los problemas que le planteaban.
Pero como los problemas no tenían costumbre de presentarse en su hogar, muy a su pesar, pasaba la vida viajando.
Muchos le envidiaban. Anhelaban la sorpresa y la aventura del viajero. Dormir cada dia con una ciudad… ¡Y con distinta compañía!
Pero Ik, para quién los viajes eran su forma de vida, prestaba más atención a las incomodidades.
Las largas jornadas de marcha se le antojaban interminables y agotadoras. Las ciudades monótonas y sus habitantes mezquinos.
Las nuevas religiones que descubría aquí o allá le desagradaban por igual. Y a fuerza de viajar había perdido el interés por las costumbres de los pueblos que visitaba. Además, sabía por experiencia que no es fácil encontrar compañía cada noche. Las más veces, dormía sólo.
Naturalmente podría haber fijado su residencia en algún lugar estable: Narade o Uruk, por ejemplo, siempre le habían resultado acogedoras.
Pero esto le habría privado de su placer más querido: la búsqueda de lo desconocido; la investigación.
Enigmáticos e inexplicables, periódicamente el mundo daba a luz sucesos inesperados. Acontecimientos a los que merecía la pena dedicar todo su ingenio. Misterios tan intrincados que necesitaba resolver.
Precisamente ahora, viajaba junto a Tir hacia el desafío más abrumador al que se había enfrentado: Dios en persona se había presentado en los páramos.
Y aquello… no podía ser. Simplemente no podía ser.
Toda su vida, Ik, había luchado contra la divinidad, contra ese escurridizo concepto que da la razón sólo a quien sabe utilizarlo; no a quien la tiene. Sabía que ocultarse o desentenderse del asunto en estos momentos, supondría su derrota. Si no se presentaba, todos pensarían que rehuía la cuestión; que su ausencia se debía al miedo a quedar en evidencia. Pero no sólo estaba obligado a aceptar el reto; además necesitaba una respuesta lógica, científica.
Ante el desafío, Ik, debía encontrar una explicación satisfactoria que demostrase a todos que aquel no era ningún dios, si no un extraño fenómeno natural.
De lo contrario, sacerdotes de todas las religiones se lanzarían contra él gritando :¡Dios existe! ¡Existe! ¡Toda tu ciencia es inútil contra Él! Los místicos trapezoidales clamarían sus diatribas: ¡Qué puede ahora todo tu conocimiento contra la energía sagrada! Ahora que, ante tus ojos, se alza la magnificencia del espíritu universal ¿te atreverás acaso a negar, de nuevo, su existencia? ¿Es que no lo ves?
En el fondo, Ik, tenía miedo. Sabía que esta vez el reto era grande, y no podía dejar de pensar en lo que dirían sus enemigos si no estaba a la altura. Porque, a diferencia de los adalides religiosos, él no tenía explicaciones para todo. Al menos no instantáneamente.
Sabía también (y quizá eso era lo peor) que todos estos pensamientos, verdaderos augurios de su derrota; estorbarían en su inteligencia llegado el momento de enfrentar el misterio.
No, su mente debía estar clara, limpia, despejada y en calma. Debía apartar de sí todas las ideas negativas, debía confiar en sí mismo. Pensar en su hipotético triunfo, en lugar de su, no menos hipotética, derrota. Aún mejor: no pensar en absoluto. Sin embargo, cuanto más se afanaba en dirigir su pensamiento en una dirección más rápido corría este en el sentido opuesto.
En ese momento, Tir, inconsciente pero providencial preguntó:
- Verá, Maestro, hay algo... ¡Hay algo que no entiendo!
- ¿eh? Perdona... ¿qué decías?
- Que no lo entiendo, maestro. Verá, parece usted algo despistado desde que partimos de Narade... y quizá esa sea la causa. Pero me parece que en lugar de tomar un camino recto que nos conduzca rápidamente al destino, nos dirige usted por una pronunciada curva.
- ¡Ah! Bueno, no te preocupes Tir. Tienes razón, nuestra ruta no sigue una línea recta, si no una curva bastante amplia. Pero no por despiste, si no por elección.
- Pues ahora si que no entiendo nada. ¿Por qué elige dar este rodeo? El cámino hasta los páramos está libre de peligros y podríamos avanzar en línea recta... llegaríamos más rápido así. Y verá, maestro, creo que nos conviene llegar cuanto antes: no sabemos de cuánto tiempo disponemos antes de que el dios desaparezca.
- Agradezco tu preocupación Tir. Pero precisamente nos desviamos del camino recto para llegar más rápido.
- ¿Cómo?
- Lo que oyes Tir. Tardaremos menos en completar nuestro viaje si recorremos una curva, que desplazándonos en línea recta.
- Pero... no puede ser señor Ik. ¡Todo el mundo lo sabe! ¡El camino más corto entre dos puntos es la línea recta!
¿Estás seguro de eso Tir? Yo creo que no. Es más, estoy seguro de que no lo es; porque lo he comprobado a menudo.
- ¿Lo ha comprobado?
- Sí, Tir. Muchas veces. Verás, no he pasado la vida ocioso; eso lo sabes bien. Pero mis investigaciones no se limitan sólo a los problemas que las gentes me plantean, también busco soluciones a mis propios problemas. Y, como sin duda sabrás, la cosa que más molestia me produce en la vida es el desplazamiento continuo, el viaje perpetuo. A consecuencia de esta aversión personal, comencé a pensar en la forma de avanzar más y más rápido. De hacer más cortos los viajes, ya que no podía evitarlos.

Al principio, todas mis ideas eran parecidas: vehículos más rápidos, rutas mejor diseñadas, y cosas así. Algunas de ellas las llevé a cabo, y otras se demostraron infactibles, pero lo importante es que ya había empezado a pensar en ello.

Y como siempre...
- Como siempre, la idea principal se le ocurrió al pensar en otra cosa ¿no es verdad?

- Je, je... ¡pues sí! Debo ser muy pesado ¿verdad? ¿Cuantas veces te he dicho esa frase?

- Muchas, maestro. Muchas.

- Bueno, pues aunque me repita tanto; no por eso deja de ser menos cierto.

- ¿Y cuál era ese segundo pensamiento que le inspiró?

- Ah... ¿Recuerdas tus lecciones de la escuela? ¿Qué te dijeron acerca de la forma del mundo?

- Sí, lo recuerdo bien. Nos enseñaron lo que todos saben: que el universo es una extensión ilimitada; en la que podemos movernos en dos direcciones.

- Y es lo que parece ¿verdad?

- Pues sí. En principio no hay límites, uno puede caminar indefinidamente hacia delante o hacia detrás, y también hacia los lados.

- Esta bien Tir, y si es así ¿cómo es que a veces tras un largo recorrido llegamos de nuevo al punto de partida? ¿cómo te explicaron eso en la escuela?

- Pues... pues la explicación que nos dieron es que si un recorrido acaba en el punto de partida es porque el camino seguido fue una circunferencia. Pero... ¡es lógico!

- Sí, suena muy convincente. Pero es mentira.

- ¿Mentira? ¡Cómo puede ser mentira!

- Las cosas evidentes suelen ser las más engañosas Tir.

Podría aburrirte con argumentos inagotables que te harían dudar; pero en lugar de eso te explicaré el que me acabó de convencer: si en lugar de pensar que el universo tiene sólo dos dimensiones admitimos otras posibilidades; un razonamiento geométrico adecuado nos conducirá a concluir sin error posible que ciertas curvas son mucho más cortas que las líneas rectas.
Estas curvas, que imaginé por casualidad, acortan muchísimo los viajes. Ya que, en realidad, recorremos menos distancia.

Esto, por supuesto, no sería más que una teoría descabellada, una locura. De no ser porque funciona. ¡Y con increíble precisión!

- ¿Cómo? ¡No puedo creer lo que está diciendo!

- Sí, admito que debo parecer un loco. Pero esto es sólo porque aún no comprendes lo que digo. Verás, el universo que te propongo no está pensado para ser real. Es sólo una versión incompleta, abstracta y matemática de la realidad. Es sólo un artificio, que me permite hacer cuentas complejas, y que permite obtener conclusiones válidas en nuestro limitado universo bidimensional.

- Pero entonces ¿Qué tipo de universo me propone? ¿Cuántas dimensiones tendría?

- De momento me basta con tres. Pero, claro, una vez que uno admite la existencia de una tercera dimensión no hay por qué detener la cuenta en ese punto. Matemáticamente sería posible considerar universos de cuatro, cinco, seis... o más dimensiones. Yo me paro en tres porque, sinceramente, no veo qué utilidad tendrían las demás; mientras que suponer la tercera me ha permitido descubrir en nuestro plano, caminos especiales que son más cortos que las líneas rectas.

De hecho, puedo calcular cuáles son esos caminos. Y, en estos momentos, viajamos por uno de ellos.

- Pero... y ¿qué forma tiene entonces el universo?

- Mmm... es una buena pregunta, Tir. Y muy difícil de contestar.

El problema es Tir, que podemos imaginar con facilidad todo lo que está a nuestro alcance. Todo lo que tenemos en nuestro cómodo universo de dos dimensiones tiene un nombre: hay puntos, líneas rectas que pueden ser curvas si al seguir su curso no necesitamos cambiar de dirección, de lo contrario las llamamos curvas. También hay combinaciones de ambas, los seres vivos como tu y como yo somos mezclas de vértices (puntos) y aristas (trozos de líneas rectas) y a esto lo llamamos, en general, polígonos.

En un universo de tres dimensiones carecemos de vocabulario adecuado, porque hay muchísimo más espacio. Con tres dimensiones podríamos movernos en nuestras dos dimensiones habituales más una tercera... y claro, en seguida empiezan a pasar cosas extrañas.

Por ejemplo, como nuestro universo sólo tiene dos dimensiones todo lo que vemos tiene, al principio, el mismo aspecto: una línea o un segmento rectos. Por eso, para reconocernos entre nosotros tenemos que dar toda la vuelta y contar nuestros vértices lados y demás... Un ser tridimensional no necesitaría tanto trabajo, pues en su mundo cada cosa tendría un aspecto diferenciado. Le bastaría con una simple mirada.

Y para estos sucesos, para estas cosas; no tenemos nombres. Aún más, como nunca nos hemos enfrentado a ese contexto... no es fácil imaginarlo, y debemos contentarnos con hacer suposiciones de la mano de los cálculos geométricos, quienes sorprendentemente no parecen acusar el cambio.

¿La forma del universo? Pues como universo es el conjunto de "todo", debemos concluir que su forma será la de una recta que hemos girado sobre uno de sus puntos...

- ¿Un círculo de radio infinito?

- Sí, un círculo.

- Pero un círculo no necesita tres dimensiones para existir...

- Sí, es cierto. Y por eso, no basta con girar la recta para construir el círculo. Ahora, deberíamos apoyarnos en el mismo punto que antes (que ahora será el centro del círculo) y girar de nuevo sobre la tercera dimensión para llenar, ahora sí, las tres dimensiones de que dispondríamos.

Como no hay palabras para designar a esta forma que acabamos de construir, no importará si inventamos una: yo la he llamado esfera.

¡El mundo tiene forma de esfera!

- Pero... ¿Y nosotros dónde estamos?

- En la superficie de la esfera... que es lo suficientemente grande como para que nos de la impresión de vivir sobre un plano.

- Pero y en el universo tridimensional... ¿vive alguien?

- Ja, ja, ja... ¡No Tir! ¡No! No se trata de que haya vida o deje de haberla. Todo este lío, es sólo un artificio, un delirio matemático que tiene su utilidad para explicar ciertos sucesos.

En realidad, todo lo que te estoy describiendo no lo he visto mas que como producto de extraños cálculos geométricos. Es sólo una hipótesis alocada y pasajera, pero útil.

La realidad, seguramente, será mucho más sencilla. Pero aún permanece oculta.

- Pues aunque así sea, maestro, no es una hipótesis muy fácil de asimilar. ¡Por un momento me ha parecido estar hablando con un mago que se explicase por medio de extrañas analogías!

- Sí, reconozco que no es una teoría fácil de entender. Pero con el entrenamiento matemático adecuado, cualquiera podría convencerse de ello. Si te parece, Tir, te enseñaré los detalles al volver de este viaje, y entonces...

Tir, dristaído del camino hasta entonces, divisó un gran tumulto que se interponía en su camino.
Una multitud de polígonos se agolpaban apretujados en varios cúmulos. Aunque no podía saberlo con exactitud sin la ceremonia habitual del conteo de vértices, medición de ángulos y demás; creyó reconocer a un par de ellos.
De lo que no tenía ninguna duda es de que muchos religiosos estaban allí. No hacía falta reconocer sus características geométricas, se les oía perfectamente cantando himnos y salmos. En medio de aquel ruido se golpeaban unos a otros para adentrarse cada vez más en la multitud.
Al margen de aquellos atascos, no se veía nada. Tan sólo el espacio infinito que se extendía en todas direcciones... fuesen las que fuesen.
Habían llegado a los páramos de los que todo el mundo hablaba. Pero... ¡Habían tardado sólo unas horas en recorrer un camino que exigía días de marcha!
Cuando cayó en la cuenta de lo rápidamente que habían recorrido la inmensa distancia que separaba Narade de aquel lugar, Tir miró a su maestro Ik.

Este le devolvió la mirada, y sonrió.